Torcal de Antequera

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Por fin ha llegado el otoño, bendita estación. Y aquí estoy de nuevo y para no perder la costumbre, sentado ante la pantalla de mi ordenador, bocetando la primera de mis salidas al campo de esta temporada, temporada que espero sea cuanto menos la mitad de prolífica que la anterior.

Y lo cierto es no sé ni cómo empezar…

Llevo varias semanas barruntando algo que no sé muy bien qué es,…acompañado de unas tremendas ganas de salir al campo. Esto debe ser como la berrea,…que empieza,…que no empieza.

Y por fin he dado el paso, nunca mejor dicho, he decidido que sea este segundo día del otoño el punto de partida de mi particular temporada de senderismo. Repasando anotaciones en mi personal e intransferible cuaderno de bitácora he caído en la cuenta de que hay un lugar que no pude disfrutar la temporada pasada ya que restringieron el acceso debido a la masiva afluencia de visitantes.

Este lugar es El Torcal de Antequera.

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Días atrás tuve la oportunidad de salir en dos ocasiones al campo a modo de calentamiento, para matar el gusanillo…, por así decirlo.

Por un lado un breve paseo por una ladera de fuertes pendientes entre olivos en Zahara de la Sierra, y por otro, hace concretamente dos días, en la Sierra de los Pinos, en la población malagueña de Cortes de la Frontera. Una salida auspiciada por la Sociedad Gaditana de Historia Natural con la intención de localizar, a más de 1.200 m. de altura, la ubicación exacta de un pinsapar que fue talado allá por 1940, de esta salida solo me queda decir que: “continuará…”

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Bueno, a lo que vamos. Para este sendero de inauguración me he propuesto captar con el objetivo de mi cámara el contraste de las tonalidades doradas de la hierba seca con las grisáceas de la piedra caliza.

Hierba seca por estas calendas,…pues en todas partes, pero piedra caliza con atractivas formas,…uhmmmmm, pues existe un lugar donde la naturaleza ha modelado la piedra a su antojo creando bellas y caprichosas formaciones.

Es lo que se conoce como paisaje Kárstico, a grosso modo viene a ser el resultado del proceso químico por el cuál algunos de los minerales que forman la caliza en contacto con el agua meteorizan dando lugar a procesos erosivos que…, sobre esto me podría extender líneas y líneas con el mero uso del “copiaypega”, pero no.

Mis crónicas de naturaleza las impregno de mi vivencia más personal,…de aquello que me llamó la atención,…de eso que consideré interesante,…de aquel contraste de luces que me resultó atractivo,… en definitiva reflejan mis emociones y vivencias,…lo que dijo aquel,…lo que dijo el otro

El Torcal está algo lejos, tanto como que más allá de Antequera, pero el desplazamiento merece la pena. En esta ocasión la “expedición” está formada por dos componentes: my wife & me. Algo más tarde de lo habitual pusimos rumbo a aquel lugar, fuimos dejando atrás Arcos, Bornos, Villamartín, Algodonales, Olvera, Campillos, Colonia de Santa Ana y casi a mediodía llegamos a la señorial Antequera, compramos pan y tomamos la sinuosa carreterilla de montaña que nos llevaría hasta el Torcal.

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Y por fin llegamos, Martes, día laborable, poca afluencia de público, cota de más o menos 1.200 m., buena temperatura, una ligera brisa, cielo despejado, …datos, datos y más datos, todo sea por recrear de una forma más o menos precisa las condiciones de esta primera salida de la temporada.

Estacionamos en el aparcamiento, abrimos el maletero, preparamos la mochila, me colgué la cámara del cuello, le encajé el parasol, giré la pantalla y la encendí. Iniciamos el sendero, en un descuido my wife se colocó mi sombrero y lo hizo suyo para toda la jornada, incluso en varias ocasiones refirió las ventajes de ese complemento,…bueno, creo que a este tipo de prendas le llaman complemento. Que si no da calor,…que si no te suda la cabeza, que si…, que si…

Lo cierto es que ahora, cuando redacto esta crónica, tengo mi frente que parece que he estado en la playa.

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Iniciamos el sendero por un pequeño repecho de piedras totalmente pulimentadas y nos adentramos en aquel lugar donde las curiosas formaciones rocosas eran las protagonistas. La piedra caliza había sido modelada por la naturaleza a su antojo.

A nuestro alrededor numerosos majuelos y algún que otro arce de Montpellier, continuamos deleitándonos con la belleza de aquel lugar y con la soledad del paraje.

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No era la primera vez que recorríamos este sendero, en visitas anteriores esto era un continuo ir y venir de gentes y mascotas, con correa y sin correa, en silencio y a gritos, con niños y sin niños, en chanclas y con botas.

Mirabas a alguna piedra y recortada en el horizonte te sorprendía ver la silueta de personas que no atinabas a averiguar cómo habían subido hasta allí. En esta ocasión todo estaba bastante tranquilo y sólo coincidimos con algunos “guiris”.

A lo largo del sendero oímos el francés, el alemán, el inglés, el japonés,… de hecho llegué a la conclusión que los únicos oriundos éramos nosotros y las cabras monteses que se asoleaban en lo más alto de los pináculos pétreos.

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La visita tradicional al Torcal de Antequera, y digo bien cuando hablo de tradición, y es que ésta se trasmite de padres a hijos, tal es así que mi padre ya me trajo aquí cuando yo tendría unos siete añitos.

A lo que vamos, la visita se hace mediante el recorrido de dos senderos señalizados, uno de ellos de menor recorrido conocido como la ruta verde y el otro la ruta amarilla algo más largo, que no es más que una prolongación del primero.

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Numerosos hitos de madera marcaban el sendero. Mientras los hitos de la ruta verde aparecían maltrechos, caídos, girados y algunos astillados, los de la ruta amarilla, por el contrario, lucían un aspecto juvenil, parecía que los acababan de colocar. Llegamos a la conclusión que la madre naturaleza no era la culpable de su deterioro,… o sí.

Incluso si quitáramos todos los hitos también sería complicado extraviarse, de hecho las piedras que jalonan el sendero aparecen como teñidas de ese característico color terroso que te lleva a localizar los senderos en la lejanía.

Este color que tiñe, o más bien ensucia, la piedra caliza es labor del continuo trasiego de mucha gente durante muchos años, no es labor de un día,…no señor.

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Continuamos con nuestro deambular por aquellos parajes deleitándonos con la belleza agreste y salvaje del entorno. Me pareció muy plástico y atractivo ese contraste del gris con el dorado.

El sendero pasó bajo unos majuelos y al volver a salir de la floresta, ante nosotros se nos presentó un paisaje donde nuestros majoletos asemejaban acacias, sí, aquellas de los documentales sobre la sabana africana, y sonaron en mi cabezota la agradable melodía de una película de Sidney Pollack y una frase:

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas Ngong…

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Había llegado la hora del almuerzo y llegamos a un lugar elevado donde una brisa nos refrescó el rostro. Ahí, sobre una piedra, decidimos dar buena cuenta de nuestras viandas. No había aún abierto la mochila y ya aparecieron las primeras moscas y avispas,…increíble.

Cogí una loncha de chorizo y la puse sobre una piedra unos metros más allá, se acabó el problema. Degustamos nuestro particular menú tranquilos y serenos.

Tras la ingesta retomamos el sendero.

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Mirabas a un lado y a otro y te encontrabas con piedras que asemejaban mil y una formas, todo era cuestión de imaginación. La disposición de aquellas piedras erosionadas, algunas con la base cubierta de bosques, otras en profundos valles, otras allí muy lejos, te daba la sensación de que aquel lugar parecía no tener fin.

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Llegamos a un punto donde el sendero se encajonó en una profunda grieta entre dos enormes piedras, en un principio dudamos de que fuera el camino correcto. Avancé por el estrecho desfiladero y llegué a una piedra que, a modo de pared, me cerraba el paso, miré hacía arriba y ni siquiera vi su cima, supuse que nos habíamos equivocado.

Giré la cabeza a la derecha y vi como la senda se seguía encajonando aún más, decidí seguir adelante y salir de aquel claustrofóbico lugar, unos metros más allá un hito con el logotipo marcado de la Junta de Andalucía me confirmó que el camino que habíamos tomado era el correcto.

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El sendero discurrió durante un buen trecho a la sombra entre altas e inclinadas paredes verticales, no había ni una sola piedra que tuviera su superficie lisa, todas aparecían horadadas y erosionadas cual heridas. Salimos de ese ancho desfiladero y llegamos a una zona poblada de endrinos de frutos azules y majuelos de frutos rojos, bonito contraste.

Tras un mata-rodillas de continuas subidas y bajadas llegamos a un oteadero desde donde vimos el centro de interpretación. En este punto my wife & me decidimos separarnos, momentáneamente, mientras ella se dirigió al aula de naturaleza yo tomé un sendero que subía por unos escarpes calizos a mi derecha.

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Poco a poco fui tomando altura, me detuve varias veces en la subida para comprobar que ella continuaba por el sendero, y se fue haciendo más y más pequeña, inconfundible por ese sombrero mío que hizo suyo al inicio del sendero.

Alcancé la cima donde unas enormes piedras horizontales atesoraban una joya desde hacía muchos millones de años: un bello ejemplar de ammonites de grandes dimensiones. Allí que me tiré al suelo para fotografiarlo a diestro y siniestro.

Me puse de pie y caí en la cuenta de que estaba en una tierra de contrastes, miré al sur y tierras de cultivos decoraban el paisaje, después mire al norte y allí estaba el Torcal, una amalgama de piedras, bosquetes, lapiaces, torcas, grietas…

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Bajé mucho más rápido de lo que subí de aquella cima y llegué al bar del Centro de Interpretación, allí bebimos un caro café y nos dirigimos escarmentados al aparcamiento.

Colocamos la mochila en el maletero y emprendimos el camino de vuelta no sin antes detenernos a visitar El Tornillo, una formación rocosa que es el símbolo del parque. Estacionamos el coche casi en el arcén de la carreterilla del parque y tomamos una breve senda de unos cien metros que nos llevó hasta ese monumento natural.

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Seguimos unos metros más allá y nos subimos a una pequeña meseta pétrea, allí nos sentamos a descansar un buen rato. Mientras caía la tarde vimos como una luz cálida y agradable impregnaba los hermosos parajes que nos rodeaban. My wife & me coincidimos en una cosa:

Habíamos disfrutado de una jornada inolvidable.

Todo este contenido lo podrás encontrar en mi WEB PERSONAL

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5 respuestas a Torcal de Antequera

  1. Jesús Ortiz dijo:

    Precioso Carlos, esta ruta esta temporada si dios quiere la hago ya que la temporada pasada me quedé con las ganas

  2. Carlos dijo:

    Estupendo Carlos, como siempre, “ya se nota que había ganas”, nosotros la última vez que fuimos al Torcal no subimos por la carretera dejamos los coches abajo y ascendimos por un senderillo lateral también con mucho encanto. El que se entretuvo en poner todas estas piedrecitas una encima de otra. lo pasó una “jartá de bien”, “quillo” ya me has puesto nervioso con la localización del pinsapar talado a más de 1.200 mts de altura, bueno esperaremos impacientes la nueva entrada. Un gran saludo

  3. Muy buenas fotos Carlos, estupendo reportaje, Yo he estado hace unos años aquí y es una joya. Yo no sé como andará ahora la cosa pero deberían de poner visitas limitadas, por que los auto-buses van en bandadas y del silencio reparador pasa a ser una algarabía a parte del inevitable deterioro.. Yo estoy interesado en ir a mi pueblo (Álora) al monte ´´Hacho´´ por que hay trozos que creo que un día debieron estar comunicados con Torcal, el parecido es idéntico en algunas zonas (aunque escasas) y es obvio que el monte ´´Huma´´ ´´Torcal´´y el´´ Hacho” todos estaban sumergidos bajo el mar en el msmo periodo, pero como digo comunicados, este último es muy poco conocido y hay zonas que tienen unas grietas y unas formaciones impresionantes a menor escala claro. Un Saludo.

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