Navazo Chico

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Hasta donde se pierde la vista en estas fértiles tierras de suaves colinas, cultivos y cortijos se alternan decorando el paisaje. Hace un buen rato que circulamos por una estrecha carretera que parece no tener fin. Y no hay nadie.

El cielo está gris, completamente gris. Comienza a llover una vez más, el cortijo que veíamos hace un instante en lo alto de la loma ya no está. A través de la luna del parabrisas vemos cómo se aproxima una cortina de agua que difumina las siluetas y va engullendo el paisaje a su paso.

En el mismo borde de la calzada algo me ha llamado la atención, algo esbelto, algo blanco. He detenido el coche en el arcén, espero a que amaine el aguacero, y cuando solo chispea me he bajado con la cámara en ristre, compruebo que se trata de una Linaria hirta, es la segunda ocasión que me topo con esta hermosa especie de tan solitarias costumbres.

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Al ser esbelta el viento la zarandea y así no hay manera de fotografiarla, no se me ha ocurrido nada mejor que usar el coche a modo de parapeto. Abriendo una de sus puertas he conseguido por fin que quede casi quieta y le disparo.

Pero si solitaria es esta vega donde estamos ahora, más lo era el lugar donde estuvimos antes. Y allí llevaba un buen rato entretenido con esto de la botánica cuando caí en la cuenta de lo tranquilo del lugar. Me puse de pie y miré al cortijo que estaba al otro de la carretera, pulcro, muy bien cuidado, por encima del muro sobresalían unos cipreses y… ¿cipreses? uhmmmm… aquello no era un cortijo, aquello que había al otro lado de la carretera, tras aquella tapia encalada, no era sino el cementerio del pueblo.

Y el cielo se tornó gris, empezó a llover y me puse la capucha, desde una pequeña ventana que había en la tapia alguien me miraba y me llamó la atención la palidez de su rostro, un escalofrío me recorrió la espalda, un trueno sonó en la lejanía y el día se oscureció mucho más y… ahora no sé cómo terminar este maldito prólogo que está tomando unos derroteros que parece sacado de una movie de terror, y “válgamedios” que solo pretendía comparar la nubosidad de hoy con los cielos despejados de ayer. Alto, se acabó.

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Ayer tocó ir a la sierra. Y nos propusimos llegar a un coqueto lugar que existe allí mucho más arriba de Benaocaz. Se trata de un poljé situado entre agrestes montañas: El Navazo Chico.

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Comenzamos nuestra peculiar aventura en la zona alta del pueblo, junto al barrio nazarí. Nada más dejar atrás la calzada de piedra flanqueada por recios muros a uno y otro lado llegamos a la fuente del Tejar. Allí nos llamaron la atención las sanguijuelas apostadas bajo el agua esperando una oportunidad.

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En una de las curvas del camino que lleva a Fardela giramos a la derecha, hacia esos impresionantes farallones calizos que forman la Sierra del Caíllo. Nada más comenzar a subir, en medio de aquella ladera casi desarbolada, se erguía una formación rocosa que nos llamó la atención.

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Al aproximarnos comprobamos que varios muros de piedras apiladas acotaban el recinto interior asemejando un patio de armas.

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Accedimos entre dos paredones de piedra. Allí moraban unas compuestas de color amarillo que nos saludaron cuando pasamos bajo ellas, y estaban dispuestas de tal forma que asemejaban centinelas.

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Iba en cabeza, al sortear aquel encajonado paso me giré y capté con la cámara a mis dos compañeros de expedición de cháchara con las centinelas.

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En el patio de armas moraban algunas especies botánicas interesantes, la más minúscula de todas ellas era Arabis verna, de estilizado tallo y diminutas flores lilas.

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La acompañaban senecios, linarias, fumarias y muchas otras. Estuvimos un buen rato tirados por los suelos.

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Abandonamos el “recinto amurallado” y comenzamos a cruzar el llano, a lo lejos vimos pastando a un grupo de vacas con sus terneros y con tal de no molestar, como debe ser, hubimos de dar un rodeo que no nos pesó.

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Tanto como que de esa forma conseguimos localizar varios narcisos que moraban en aquellas tierras húmedas.

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Caminando por aquellas albinas localizamos los restos de un festín. Numerosas plumas negras atestiguaban el fatal desenlace, lucubramos acerca de lo que allí pudo ocurrir, y las conjeturas fueron tantas… que no llegamos a ninguna conclusión. Resultado de las pesquisas: alguien se había comido a otro alguien de color negro, ¿una chova quizás?.

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Fuimos subiendo y subiendo por la Cañada Real del Puerto de los Navazos a Campobuche y nos detuvimos en multitud de ocasiones.

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Y allí que nos deleitábamos contemplando la belleza del paisaje que se extendía ante nosotros, y estaba el día tan despejado que en lontananza conseguimos identificar Arcos, Jerez, Gibalbín, Bornos… y Chiclana también.

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Habríamos superado la cota de 1.150m. cuando decidimos descansar. Dispuse figurantes y a los pies de aquellos agrestes escarpes nos hicimos una foto de minigrupo, sentados en las piedras, sonrientes.

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Las paradas fueron continuas y tal era la riqueza botánica de aquellos parajes y eran tan numerosas las especies que nos salían al paso… que muchas aún las tengo pendientes de identificar adecuadamente.

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Sorteamos una angarilla y en vez de seguir adelante en dirección al Navazo Hondo giramos a la izquierda. Llegamos a un colladito desde donde oteamos nuestro objetivo, allí muy abajo. Y nos pareció un lugar tan hermoso… se trataba de un pequeño poljé rodeado de altas paredes que casi lo mantenían oculto en medio de aquellas montañas.

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Y comenzamos a bajar por un incómodo sendero, lleno de barro, hacia nuestro destino. Una vez en el navazo visitamos el sumidero, numerosas piedras habían sido dispuestas de tal forma que impedían que el ganado se precipitara dentro.

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En el centro del poljé aún quedaban varias charcas que contribuían a realzar la belleza de aquel apartado lugar. No conseguimos localizar ni anfibios ni sus frezas, lo cierto es que tampoco le pusimos mucho interés.

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Y había llegado la hora del almuerzo. Bajo un arce de yemas reventonas dimos buena cuenta de nuestras viandas. Mientras tanto, en un majuelo cercano una presumida curruca carrasqueña hacía alarde de sus innatas dotes cantoras. Me entretuve observándola entre bocado y bocado, y es que estaba tan cerca… entonces me acordé del amigo Lolo, que seguro le hubiera hecho una fotografía de esas que solo él sabe hacer, de las de postal.

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En la sobremesa no quisimos malgastar ni un solo segundo de palique, y es que nos apetecía explorar las paredes verticales que teníamos enfrente.

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Cruzamos el poljé y poco antes de llegar a los cortados localizamos varias orquídeas. Le dedicamos el tiempo que requería aquel hallazgo y al final terminamos tirados por los suelos.

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Nos plantamos a los pies de aquel cortado y nos dimos cuenta de que allí reinaba el caos. Desprendimientos recientes y no tan recientes habían sembrado aquel lugar de piedras de todos los tamaños habidos y por haber.

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Prestabas un poco de atención adonde pisabas y te sorprendía ver cómo la vegetación se iba abriendo camino en medio de aquel desorden, una piedra plana con una pequeña grieta pronto era colonizada por una silene o cómo aquellos geranium de brillantes hojas moraban entre las piedras, recatados, discretos como queriendo pasar desapercibidos.

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Pero lo que más nos sorprendió fue la osadía de algunos narcisos que moraban allí arriba, en lo más alto, en las grietas. Nos plantamos a los pies de aquella enorme pared vertical y cuando miramos arriba nos dio la impresión de que competían entre ellos por colonizar el lugar más inaccesible.

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Nos fuimos moviendo entre aquellas enormes piedras y conseguimos localizar narcisos muy bajitos, habían cometido la torpeza de establecerse en unas piedras que se habían venido abajo por un derrumbe y ahí sí los tuvimos más a la mano, cómodos de fotografiar.

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Estábamos tan entretenidos que el tiempo se nos pasó volando. Consultamos el reloj y caímos en la cuenta de que había llegado la hora de volver, aún teníamos por delante muchos kilómetros antes de llegar al pueblo.

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Nos colgamos la mochila a la espalda y emprendimos el camino de vuelta, subimos al collado y volvimos la vista atrás, allí abajo quedó el Navazo Chico, un hermoso lugar que no nos había defraudado y al que ya nos habíamos propuesto volver.

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Y fuimos bajando y bajando en dirección al pueblo. A esa hora del día esta parte de la Sierra del Caíllo estaba mejor iluminada que por la mañana y nos sorprendió la agreste belleza de aquellos farallones calizos.

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Oteamos el Colmillo del Cao y supimos que el pueblo ya estaba cerca, continuamos bajando hasta que llegamos a las primeras casas. Todas parecían estar deshabitadas, una de ellas mantenía una ventana entreabierta. Alguien nos observaba desde el interior y me llamó la atención la palidez de su rostro, un escalofrío me recorrió la espalda cuando…

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2 respuestas a Navazo Chico

  1. Lola Matas dijo:

    Qué preciosidad!!! Hizo un día magnífico de campo! Que luz!

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