Garganta del Espino

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Y allí que fuimos a visitar una cascada que nos habían dicho que por aquellos lares existía, tanto empeño pusimos en aquel menester que conseguimos localizarla.

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Para llegar a aquel paraje hubimos de cruzar unos bujeos embarrados y las pergañas en las botas casi convirtieron nuestro caminar en una penitencia. En las piedras del camino nos quitábamos algo de barro, tarea que servía para bien poco ya que no habíamos andado ni diez metros y volvíamos a estar otra vez igual. Y así fue nuestro deambular por aquellos parajes, lento y pesado, hasta que el sendero se encajonó entre dos enormes piedras, pasamos al otro lado y todo cambió.

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Nos rodeó una vegetación exuberante. Oímos un arroyo que bajaba alegre entre adelfas, alisos y lentiscos, la algarabía de los pajarillos en la floresta, el cielo gris amenazando lluvia y la humedad que reinaba en aquel paraje nos hicieron caer en la cuenta de que aquel sitio no nos defraudaría.

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Pero lo que más nos llamó la atención fueron las enormes formaciones de arenisca que surgían de la espesura del bosque. Cubiertas de líquenes y de formas caprichosas, todas ellas modeladas por el inexorable paso del tiempo.

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Y allí que fuimos aguas arriba buscando la cascada de la que nos habían hablado. Las formaciones pétreas estaban dispuestas de tal forma que asemejaban murallas. Cual paredes inexpugnables se encargaban de proteger lo que atesoraba aquel lugar.

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El estrépito del agua nos avisó de que el lugar que andábamos buscando no debía estar lejos. Iba en cabeza y tras un repecho conseguí dar con ella, me quedé boquiabierto ante lo que vi, supe que la imagen de aquella cascada de aguas bravas que se precipitaba desde lo más alto… perduraría durante mucho tiempo en mi retina.

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Sentados en unas piedras que presiden aquel espectáculo nos hicimos una foto para el recuerdo. Con la cascada a nuestras espaldas.

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Y ya que estábamos allí decidimos explorar los alrededores, comenzamos a subir por una empinada ladera poblada de jaras y algún que otro alcornoque, y tanto empeño pusimos en aquella empresa y durante tanto tiempo que cuando nos detuvimos y echamos la vista atrás caímos en la cuenta de que habíamos subido una “jartá”.

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Tanto subimos que la impresionante cascada dejó de serlo y desde aquellas alturas no fue más que un ridículo salto de agua, perdido allí abajo en lo más profundo de la garganta.

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El matorral se cerró tanto que se hizo impenetrable y en ese momento decidimos volver por donde habíamos venido. Y en la bajada, poco a poco, nos volvimos a adentrar en la espesura del bosque y una vez más el sonido del agua lo inundó todo.

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Nos propusimos vadear el arroyo mas sus aguas eran tan turbulentas que en un primer intento no nos pareció que aquel fuera el lugar más idóneo para hacerlo. Buscamos alternativas y allí que me vi en medio del cauce agarrado a una adelfa, manteniendo a duras penas el equilibrio, viendo pasar el agua. Miramos a la otra orilla y allí nos esperaba una enorme piedra inclinada, húmeda y resbaladiza, dispuesta de tal forma que de saltar al otro lado habríamos perdido, repechando, todas las uñas de los dedos de las manos y quién sabe si también las de los pies.

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No nos pareció buena idea vadear aquel impetuoso arroyo, ya teníamos un motivo para volver en otra ocasión con la esperanza de que el caudal fuese menor.

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Basura de altura

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Se me amontona la faena, varias crónicas de naturaleza están a punto de quedarse para siempre en el tintero y eso… no puede ser. Otros menesteres me obligan a relegar mi mimado blog, la joya de mi particular corona, al que tantas y tantas horas he dedicado y eso… no puede ser.

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Y para reactivar de algún modo lo que son las crónicas de mis andaduras voy a comenzar por la que tengo más fresca, más reciente y cuyas imágenes aún conservo en la retina. Desde luego la imagen que no se me va a olvidar nunca es la de aquella pared vertical, casi cortada a cuchillo, tan alta, tan alta que no atiné a ver su cumbre, ni tan siquiera en la dirección en la que estaba. Y por allí… teníamos que subir.

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Comenzamos a andar donde el pueblo deja de serlo y seguí sin rechistar a mis compañeros que iban en cabeza. Esparragueras ornadas, caducas cornicabras, encinas remangadas y algún que otro discreto altramuz hediondo nos saludaron al pasar. Los lirios ponían la nota de color con sus tonalidades azules.

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Debo confesar que por mucho que escudriñé aquella ladera no conseguí adivinar por donde discurría la senda, pero era evidente que debía estar ahí. Fuimos subiendo y subiendo, nos deteníamos de vez en cuando a recobrar el aliento.

En uno de aquellos rengues miré hacia el este y en lontananza identifiqué muchos picos, los fui nombrando de viva voz: Palo, Salamadre, Mojón Alto, Martín Gil, Puntal de la Raya…

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El sendero zigzagueaba por la empinada ladera y fuimos cogiendo mucha altura, el pueblo se fue haciendo más y más pequeño, tanto tanto… que su plaza de toros alcanzó el tamaño de una moneda de veinte céntimos, abollada. Dejamos de oír la algarabía de los niños y el claxon del coche del panadero. El silencio de la naturaleza reinó en aquellos parajes y en el cielo nos sobrevolaron varios buitres que trazaron una línea tan recta… que ni con la mejor de las reglas.

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Y nosotros continuamos con nuestro cometido que no era otro que subir y subir hasta alcanzar la cima de la montaña en la que estábamos. A poco de llegar a un puerto que nos llevaría a la otra vertiente el sol nos había recalentado tanto el lomo que hubimos de deshacernos de algunos de nuestros ropajes.

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Y llegamos al Navazo Alto, pintoresco lugar tapizado de hierba, ornado de majuelos pinzados cual bonsáis y salpicado de efímeras charcas de agua fría. A la izquierda estaba nuestro objetivo tras un collado que vimos en la lejanía, allí muy arriba.

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Cruzamos aquel poljé donde descansaban algunas vacas con los ojos entrecerrados, no nos hicieron ni puñetero caso, ni tan siquiera nos miraron y siguieron rumiando y rumiando, qué aburrimiento. Lo que vienen siendo cosas de vacas.

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En cambio los mulos levantaron esa cabeza que tienen coronada de enormes orejotas y nos miraron sorprendidos, e incluso uno de ellos avanzó hacia nosotros con la intención de mendigar algún mendrugo de pan, abrí los brazos en cruz y se detuvo, bajó la testa y continuó pastando, qué aburrimiento. Cosas de mulos.

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Cuando la bestia volvió a sus quehaceres nosotros nos dedicamos a los nuestros. Me propuse hacer una foto de grupo y dispuse figurantes de tal forma que la Sierra del Endrinal hiciera las veces de decorado y allí que posamos, en formación de escalera sobre la hierba, mirando al pajarito. Cosas de “excursionistas”.

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Y continuamos subiendo con la mochila a la espalda, la cámara colgada del cuello y el bastón en la mano derecha. Pasamos junto a dos encinas gemelas de grueso tronco. A nuestra izquierda quedó una formación de terra rossa.

A la diestra una soleada ladera salpicada de valientes encinas achaparradas y a la siniestra un húmedo cortado de escarpadas paredes que, desde que el mundo es mundo, jamás conoció sol. Y allí moraba una hiedra aferrada a las grietas de aquel lugar con su inconfundible follaje verde brillante.

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Mientras subía le pedí a Selu que me hiciera una foto con mi smartphone para enviársela a mi familia por WhastApp y el tío me hizo hasta caso.

Llegó el momento de pasar una alambrada y la angarilla estaba tan alta que hubimos de subirnos al muro de piedras. Una vez al otro lado, nos colamos entre los majuelos y nos detuvimos en una terraza que había antes de llegar arriba.

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Acometimos el asalto final a la cima por una ladera húmeda y sombría, con un suelo tan resbaladizo y traicionero que pusimos los siete sentidos en no caer. En ese momento ni tan siquiera pensé en la bajada que haríamos por este mismo sitio y que evidentemente sería mucho más complicada.

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Caíllo. Y llegamos al monolito que corona su cumbre, pintado con tres rayas horizontales, dos verdes y una blanca. Me sorprendió encontrar allí, en lo más alto los envoltorios de unas galletitas o no sé qué mierda de alimento mineralizante y vigorizante, maldita sea dije para mis adentros, hasta aquí había subido alguien a tirar sus porquerías, lo que vienen siendo “cosas de guarro” propiamente dichas. En ese preciso instante pensé en la cantidad de sitios que tiene uno para meterse los envoltorios. BASURA de ALTURA.

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A levante solo atinamos a ver la silueta de las montañas que se perdían en la lejanía y hacia el norte sí pudimos deleitarnos con la belleza del paisaje, a nuestros pies la Cuesta de Fardela muy iluminada, a lo lejos la Sierra del Pinar muy alta, casi tocando el cielo, unas nubes blancas acariciaban delicadamente el Torreón y el San Cristóbal.

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Y llegó la hora de la comida y el momento de bajar de la resbaladiza cumbre. Así que poco a poco, poniendo especial cuidado en no caer conseguimos llegar a la terraza que la antecede. Allí sentados sobre unas piedras dispuestas a modo de merendero dimos buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila.

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La sobremesa duró bien poco, lo cierto es que no teníamos muy claro por dónde íbamos a volver, pronto caería la tarde. Nos echamos la mochila a la espalda y emprendimos el camino de vuelta. Volvimos a sortear la alambrada por la angarilla, sí, esa que estaba en alto sobre el muro de piedras y continuamos bajando. Allí, junto al muro de piedras apiladas, una vetusta encina de tronco resquebrajado que hacía las veces de centinela nos dejó pasar.

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Oteamos desde nuestra posición privilegiada el Navazo Alto, uno de los más bellos lugares que atesoran estos parajes.

Cuando llegamos al navazo optamos por bajar por otro lado, se trataba de rodear la mole pétrea que teníamos enfrente. No teníamos muy claro el sendero a seguir pero sí el sitio hacia donde debíamos ir. Cruzamos el poljé y al subir por un repechito nos adentramos en un lugar solitario como pocos donde reinaba la penumbra.

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Un cortado de perfil aserrado nos cerraba el paso a la derecha. Era un paraje lúgubre, húmedo y sombrío. Un desprendimiento había dejado a la luz las entrañas de la montaña, de color blancuzco, allí en lo más alto.

Al salir de un pequeño bosquete de majoletos nos topamos con una ciclópea piedra en medio del sendero. Se había desgajado de la montaña y allí yacía, enorme, inabarcable, blanca, pulcra, sin estar aún colonizada ni por musgos ni líquenes. Dispuesta de tal forma que daba la impresión de que todavía no se había detenido en su caída. Se había desprendido de la pared arrasando con cuanto había encontrado a su paso.

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Hubimos de sortear una angarilla más, no sería la última. En una pequeña dolina una vaca amamantaba a su ternero mientras otros dos observaban cómo lo hacía. Para no molestarlos seguimos hablando tranquilamente, sin hacer aspavientos y bordeamos el pequeño prado. Nos vio venir, nos siguió con la mirada mientras pasábamos cerca y miró para otro lado cuando ya habíamos pasado. Todo quedó tal y como nos lo habíamos encontrado.

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Dejamos atrás aquel lugar sombrío, el agradable sol del atardecer iluminó nuestro camino. Visitamos un pozo del que no recuerdo su nombre, sí me llamó la atención que el agua estuviera muy cerca de la superficie.

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En los alrededores, entre las aulagas, buscamos una fuente y conseguimos localizarla. Tampoco recuerdo su nombre.

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A partir de ahí ya todo fue bajar y bajar, el sol nos caldeó la frente mientras nos movíamos por aquella empinada ladera, quedaba menos de una hora de luz y debíamos abandonar aquellos parajes cuanto antes.

Llegamos a otra angarilla, una que ya habíamos visto por la mañana, en un principio no nos pareció que se tratara de la misma. Se erigía junto a un cortado cuya sola visión nos erizó el pelo.

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De hecho me sorprendió la extrema verticalidad del paraje por donde habíamos subido por la mañana, ahora en la bajada, desde nuestra perspectiva, esos desniveles nos parecieron mucho más acusados.

Volvimos a oír la algarabía de los niños y el ladrido de los perros.

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Anacoretas de piedra

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Aunque hoy hemos dado el pistoletazo de salida a la temporada de senderismo, hace poco estuvimos calentando motores en Villaluenga del Rosario. Aquella primera toma de contacto fue un agradable paseo de la mano de alguien que conoce bien los secretos que atesora La Manga, mi amigo Selu.

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Y me mostró lugares que no conocía, me llamó especialmente la atención un enorme promontorio pétreo al que llaman Frailuco y que desde la carretera no atinas a identificarlo a no ser que sepas dónde está e incluso sabiéndolo… dudas de su localización exacta pues permanece mimético y quieto en aquella escarpada ladera donde mora viendo pasar el tiempo, impasible, discreto.

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Dejamos atrás una impresionante pedrera que se desparramaba desde lo más alto de La Manga y con el dedo me señaló la entrada a una gruta, a una caverna, a una cueva, a una cavidad, bueno… que cada uno la llame como le venga en gana, yo voy a emplear el término “caverna”, porque me gusta.

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Franqueamos aquella negra boca “pintada” en la pared y accedimos a una primera sala que permanecía cálidamente iluminada por los rayos de sol que se colaban a nuestra espalda. Allí un mazacote de piedra adornaba el techo de tal forma y a tan escasa altura que si no andabas con tiento te golpeabas la testa.

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Y decidimos adentrarnos un poquitín más en las entrañas de la tierra. Llegamos a un pasadizo tan estrecho, tan estrecho… que me quedé atascado y  para seguir adelante hube de descolgarme a duras penas la mochila. Iba en cabeza, subí por lo que parecían unos resbaladizos escalones y accedí a otra sala, de buenas a primeras me rodeó la más completa oscuridad. En ese preciso instante deseé que allí no morase nada ni nadie.

Permanecí quieto y poco a poco mis pupilas se dilataron, entonces conseguí distinguir tonalidades, siluetas y sombras en las paredes de la caverna, miré al techo y no alcancé a verlo y en ese momento ni tan siquiera quise saber a qué altura estaba. Humedad, bajó la temperatura.

Eché mano a mi smartphone pero su ridícula linterna sirvió para bien poco. Voces a mi espalda acompañadas de unos nerviosos haces de luz me avisaron de que el resto de la comitiva subía por los escalones hasta donde yo estaba.

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A la luz del único frontal que teníamos nos deleitamos con la discreta belleza de aquel lugar y nos sorprendió comprobar lo que el agua y el paso del tiempo habían sido capaces de esculpir en aquella caverna. Y los cuatro nos quedamos boquiabiertos escudriñando lo que el haz de luz nos fue mostrando.

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Casi tan boquiabiertos como estamos ahora. Usamos la mano a modo de visera y oteamos en la lejanía un impresionante tajo calizo que ocupa todo el horizonte. Este sol mañanero que tenemos delante solo nos permite ver su caótica silueta de aserrado perfil. Por allí hemos de pasar al otro lado.

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Caminamos entre longevas encinas por un paisaje ondulado, las tonalidades doradas del suelo indican que lo poco que ha llovido no ha sido suficiente para que despierte la “otoñá”.

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Nuestro caminar se torna alegre, avanzamos rápido, el terreno es cómodo. El cortado calizo está cada vez más cerca. Llegamos a un punto donde no nos molesta el sol, estamos a la sombra del tajo. Esta pared pétrea vertical cortada a cuchillo se nos antoja inexpugnable.

Y de tanto escudriñar aquella pared que nos cierra el paso conseguimos localizar su punto débil. Allí arriba, por la única grieta grande que la decora se adentran unas valientes encinas y consiguen pasar al otro lado. Forman un denso bosque que parece tomar al asalto aquella fortaleza como si de tropas del medievo se tratara.

Y me gusta lo que veo, pero más me gusta lo que no llego a ver. Mi imaginación vuela mas no consigo adivinar lo que ocultan aquellos parajes, allí detrás, al otro lado. los Frailecillos.

Nos hemos plantado a los pies del cortado calizo y nos adentramos en el bosque de las valientes encinas. Caemos en la cuenta de lo caótico del lugar. Tal es así que no nos queda otra que usar ambas manos para subir por las piedras cubiertas de húmedo musgo. Estas piedras que descansan a la sombra de las encinas son el derrumbe de la grieta por la que pretendemos colarnos.

Y la subida se torna tan complicada por aquellas resbaladizas piedras que el 50% de la “expedición” opta por no seguir adelante. El resto de la comitiva ni tan siquiera mira abajo y sigue subiendo, nos hemos propuesto pasar al otro lado por la puñetera grieta y lo vamos a conseguir. Llegamos a una alambrada que nos sorprende que esté aquí, con una angarilla tan alta que para abrirla hemos de trepar por la pared en la que está.

Atrás queda la angarilla y su soga negra que hace las veces de manoseado cerrojo. Cuando la pendiente deja de serlo localizamos vestigios de algunas construcciones bajo las encinas. Son recios muros de piedras apiladas de algo más de un metro de altura.

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El bosque ralea a poco de llegar a la cumbre. Dos pajarracos nos sobrevuelan tan cerca que llegamos a oír el siseo de sus alas. Ya casi hemos llegado arriba cuando decidimos hacernos una foto de minigrupo.

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Debo reconocer que desde este lugar las vistas son impresionantes. Hemos coronado la mayoría de los picos que oteamos en lontananza, algunos de ellos incluso varias veces.

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Los llanos del Burfo, Cabrizal, Apeo y del Zurraque están a nuestros pies. En el llano del Zurraque atinamos a ver al otro 50% de nuestra particular “expedición”, son solo dos pequeñas líneas verticales que se mueven lentamente.

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Ahora, ha llegado el momento de confesaros que subir a esta cumbre no era el objetivo. Hemos venido hasta aquí para explorar unos abrigos que existen en esta misma ladera, mucho más abajo. El año pasado, por estas calendas, ya anduvimos por estos parajes y cuando conseguimos localizar los abrigos era tan tarde que abandonamos raudos el lugar antes de que nos sorprendiera la noche y no conseguimos ver nada.

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Cambiamos de rumbo e iniciamos la bajada. Comprobamos de primera mano que aquí la palabra “sendero” no existe, no nos queda otra que ir bajando con cuidado entre afiladas lajas ocultas entre ásperas gramíneas, creo que se trata de atocha pero lo cierto es que no les presto mucha atención.

Estamos a media ladera cuando, una vez más, volvemos a cambiar de rumbo para situarnos debajo de donde habíamos tocado cumbre. Sorteamos un muro de piedras por un derrumbe y conseguimos localizar el primero de los abrigos, es pequeño y no encontramos nada que nos llame la atención.

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Un poco más adelante está el que verdaderamente nos interesa, es enorme, sin fisuras ni oquedades, de paredes que parecen estar arañadas y un suelo tapizado de excrementos de cabra que dentro de veinte años seguirán estando ahí, los mismos.

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Me parece el sitio ideal para hacernos otra foto y… como ya no tengo trípode pues se partió arriba, en esta misma cumbre, apoyo la cámara sobre la mochila, dispongo figurantes, encuadre, temporizador y clic.

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Salgo del abrigo y miro hacia arriba, me sorprende comprobar que la pared es mucho más alta de lo que había imaginado. En la cima varias encinas y algún que otro arbusto se aferran a las piedras desafiando al mismísimo Newton.

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Y ya que estamos aquí continuamos explorando esa pared un poco más allá. Varios desprendimientos han salpicado la ladera de enormes piedras, andar por aquí es harto complicado. Trepamos a las más grandes, escudriñamos la pared pero no conseguimos localizar ningún otro abrigo.

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Y llegados a este punto debemos decidir por dónde continuamos bajando. Dudamos de hacerlo por dónde ya sabemos o por aquí mismo, campo a través, como los valientes. Entre dimes y diretes optamos por hacerlo por el lugar que ya conocemos.

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Cuando hemos llegado abajo del todo miramos atrás y nos agrada comprobar que nuestra decisión fue la acertada, de haber optado por bajar a las bravas nos hubiéramos encontrado con unos cortados que no habríamos podido salvar y quién sabe si aún estaríamos allí, en los Frailecillos.

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Temporada 2015-16

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Mucho ha dado de sí esta temporada donde hemos tenido el privilegio de recorrer unos parajes únicos de excepcional belleza. Cuando volvía de cada una de mis andanzas lo hacía pletórico, ávido de narrar la experiencia y cada semana me empeñaba en redactar la crónica haciendo de este menester el más acertado de los bálsamos.

Y vaya aquí la más entrañable de las dedicatorias a mis compañeros de aventura por formar parte de estos… mis singulares relatos.


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CAPILEIRA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/07/22/capileira/

Ya ha caído la noche y el pueblo dormita, aprovecho este instante en la tranquilidad de mi habitación para escribiros unas breves líneas. Solo deciros que, después de varias horas de viaje, hemos llegado sin problemas a este pequeño pueblo enclavado en el corazón de la Alpujarra. Bien sabéis del motivo de mi venida a estas lejanas tierras del este. Mañana será el gran día.

Hasta aquí nos ha traído una angosta carretera de montaña que ostenta el galardón de poseer todos los tipos de curvas del catálogo, es más, una de ellas de corte tan cerrado que nos dio la impresión de haber entrado en un bucle.”


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MULHACÉN

https://sotosendero.wordpress.com/2015/07/24/mulhacen/

Otra vez me decido a escribiros unas líneas. Hoy es el gran día. Desde las 7 de la mañana estamos en planta. Hemos desayunado en un bar que hay enfrente, al otro lado de la calle, entremezclados con la gente del pueblo. 

En las oficinas del Servicio de Interpretación Ambiental de Altas Cumbres hemos esperado pacientemente que llegue el bus lanzadera que nos va a llevar allí arriba, al Alto del Chorrillo. Hace calor, casi tanto como ayer. Miro a mi alrededor y compruebo que…”


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STERNBERGIA COLCHICIFLORA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/01/sternbergia-colchiciflora/

“No daba crédito a lo que tenía ante mí, qué desastre. Todas las Sternbergia colchiciflora presentaban sus pétalos partidos y algunas de ellas… ni tan siquiera estaban. Parecía mentira que el día anterior las hubiésemos estado fotografiando y hoy no quedase ni un solo ejemplar en buenas condiciones.

En principio no supe qué había ocurrido. Me apoyé en una piedra y la noté húmeda, me sorprendió ver agua en sus huecos, pronto se despejaron mis dudas. Un virulento chaparrón caído durante la noche había hecho de las suyas siendo el culpable de tal desaguisado. Devastación.”


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LA ROCA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/07/la-roca/

“Pues no supe lo que era “guardar silencio” hasta el otro día, y me refiero a guardar silencio… pero de verdad. En la escuela nos mandaban callar y siempre se oía un susurro, un lapicero que se cae, una risa contenida…, y en el ejército… pues más o menos lo mismo, pero con el pelo corto.

Las instrucciones fueron escuetas, debíamos permanecer en completo silencio. Avancé encorvado por aquel túnel hasta llegar a la tronera que me habían asignado. Me descolgué la mochila y la dejé en suelo. Abrí la silla pegable, pleglable, uhmmmm… vaya, ple-ga-ble, ahora sí, y me senté.

Monté el trípode, le ajusté el “armamento” y me quedé quieto. Todos hicieron lo mismo.”


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FUENTEANDO

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/17/fuenteando/

“No le ha costado mucho esfuerzo convencernos, su propuesta suena muy interesante, tanto… como que a poco ha estado de contagiarnos esa afición suya de catalogar fuentes y manantiales. Hoy, Selu, a modo de maestro de ceremonias, nos propone… pues localizar fuentes. Y yo te invito a que nos acompañes en esta nueva aventura.

Atrás ha quedado la Venta Julián, allí compré un bocadillo de jamón y me lo entregaron envuelto dentro de una bolsa, con tanto misterio que… no me he atrevido ni a ver su contenido, solo lo he sopesado, consistente. Debo reconocer que después, durante la caminata, me acordaría varias veces del bocadillo anhelando que llegara la hora del almuerzo para dar buena cuenta de él.”


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CASTAÑAR DE PUJERRA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/11/11/castanar-de-pujerra/

“No oigo nada, siento una suave brisa en la cara. Lentamente entreabro los ojos y me llaman la atención las tonalidades doradas de todo cuanto me rodea. En un principio no sé dónde diablos estoy ni qué hago aquí, vuelvo a cerrar los ojos. Tranquilidad.

Extiendo el brazo y con la mano palpo un suelo tapizado de ásperas hojas, quebradizas, de bordes aserrados, o por lo menos… eso me parece. Ahora ya sé que estoy tendido en el bosque, pero dónde.”


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MONTE PRIETO

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/03/monte-prieto/

“Finales de Noviembre. Cielo azul intenso, despejado. Es muy temprano. En esta umbría el termómetro marca 5º C. No sopla viento, verdaderamente hace frío, tanto como que me he encasquetado aquellos guantes que hace dos años llegaron de oriente, y se agradece.

Al otro lado del Puerto de la Palomas el sol baña las montañas, aquí… caminamos en la sombra, ateridos. En una de las muchas curvas que serpentean montaña arriba hemos aparcado el coche.”


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ALJIBES Y PILONES

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/10/aljibes-y-pilones/

 “Aquí estoy subiendo una cuesta con la mochila a la espalda, mirando al suelo y ahora que lo pienso… me han vuelto a engatusar. Aunque si os soy sincero debo reconocer que no les ha supuesto demasiado esfuerzo conseguirlo. Somos cuatro y yo no llevo la voz cantante. Ni tan siquiera me he aprendido la lección de este interesante lugar a donde nos dirigimos, para empezar porque no he tenido tiempo. Solo sé que se trata de una zona abrupta localizada entre La Manga de Villaluenga y la Garganta de Barrida.

Te invito a que nos acompañes en una nueva aventura, a visitar unos recónditos parajes que atesoran vestigios del paso del hombre por estas tierras. Auténticas joyas de la arquitectura tradicional que se están desmoronando, literalmente, con el inexorable paso del tiempo.”


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CERRO MALAVER

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/17/cerro-malaver/

“Este pinar es monótono como pocos, parece no tener fin. Ya estamos hartos de subir y no hemos hecho más que empezar. Comenzamos a sudar. Llegamos a las ruinas de un cortijo, en la puerta existe una higuera, aún a medio vestir, que hace las veces de centinela. Varios altramuces del diablo en flor moran en el interior.

Ladera arriba nos topamos con un pozo, seco, colmatado de piedras. El sendero continúa subiendo y de repente ha dado un giro brusco a la derecha, los rayos de sol se filtran entre los troncos.”


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PIEDRAS MUDAS

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/30/piedras-mudas/

“Las tinieblas van inundando estos parajes. La silueta de los árboles se recorta en el cielo. Desde hace un buen rato mi cámara de fotos reposa en la mochila, lo cierto es que ha tenido un día duro y necesita descansar. Ahora me doy cuenta de lo cómodo que es esto del senderismo con las manos libres.

Ha bajado la temperatura, me subo la cremallera hasta la barbilla y cometo adrede la torpeza de meter las manos en los bolsillos del cortavientos, se agradece.

Apretamos el paso para salir cuanto antes de estas montañas y es que… no queremos que nos sorprenda la noche cerrada en estos lugares. Un poco más adelante atinamos a ver las primeras luces del pueblo, tintineantes. El camino empedrado se ha encajonado entre recios muros de piedra. Bajamos en silencio, solo se oye el sonido de nuestras botas.”


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DE NARCISOS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/01/21/de-narcisos/

“Maldito viento. Quién me mandaría a mí subirme a esta piedra donde me la estoy jugando. La punta de mis botas clavada en una pequeña fisura y yo pegado a la enorme piedra de arenisca como si fuera una salamanquesa. Cada instante que pasa estoy más convencido de que no debería haber subido, debería haberme quedado abajo con los demás, oigo sus voces. Y todo para fotografiar una planta tallicorta que se mueve mucho más que yo, maldita sea.

El viento la zarandea y no hay manera de que se quede quieta. En estos parajes el viento de levante impone sus condiciones y el de poniente… también.”


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LA GALLINA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/01/27/la-gallina/

“Mucho ha llovido desde que estuve por última vez en los Montes de Propios, casi 30 años, recuerdo que fue en unas jornadas de naturaleza del Zoobotánico de Jerez, y recuerdo también que subimos al Pico de la Gallina, lo mismito que vamos a hacer hoy.

Para acceder a este lugar hay que contar con la pertinente autorización del ayuntamiento, y hace días recibí un correito con el permiso adjunto, en él indicaba meridianamente claro que debíamos estar a las 8:30 en una cancela cerca del Puerto de la Jarda. Y allí que estábamos casi 20 minutos antes de la hora acordada, para no variar, pasando más frío que “un andalú en Reikiavik”.


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INVIERNO TROPICAL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/01/invierno-tropical/

“Jamás hubiéramos imaginado que aquellas nubes tan adorables, que vimos subiendo por el valle hacia nosotros, desencadenaran semejante tormenta de nieve. Ahora hace mucho frío y no deja de nevar. Los enormes copos parecen no conocer la ley de la gravedad, caen lentamente… como si alguien, allí arriba, estuviera desplumando un enorme capón.

Es tal la virulencia de la nevada que abro la palma de mi mano y rápido se llena de nieve. Deberíamos haber dado la vuelta hace un rato pero ya es demasiado tarde. Lo más probable es que nos hayamos equivocado al tomar esa decisión pero no nos queda otra que seguir adelante. El sendero que seguíamos ha desaparecido y todo es blanco, todo está blanco, el cielo, el suelo, el camino, las piedras e incluso… nosotros.”


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DE BOTÁNICA –  IV

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/04/de-botanica-iv/

“Hemos tenido la suerte de escoger un día que no sopla ni una pizca de viento, y esto nos va a facilitar las cosas. Que cuáles son nuestras cosas… pues las propias del adicionado a esto de la fotografía botánica. Que qué perseguimos… pues captar la esencia de esas plantas que están ahí, en su entorno natural.

No hemos dado ni cuatro pasos y nuestra apasionante labor de rastreo ya ha dado comienzo. Este menester no es otro que escudriñar el entorno, y en esto de escudriñar somos casi profesionales, bueeeeno… unos más que otros. Vistazos rápidos a diestro y siniestro, giros de cuello más veloces aún, vertiginosos enfoques de nuestra “prodigiosa” vista adaptada a estos quehaceres… y nuestra cabezota va procesando lo que le llega, que si formas, que si colores, que si tamaños… hasta que localizamos algo que nos llama la atención, alto.”


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CERRO DE LA ALCAZABA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/11/cerro-de-la-alcazaba/

“Nada más ver aquella profunda grieta un frío intenso me recorrió la espalda, bien podría tratarse de donde, el año pasado por estas mismas calendas, metí la pierna y la nieve me llegó a la cintura. En aquel entonces estos parajes estaban cubiertos de un espeso manto blanco. Una intensa nevada lo había sepultado todo, incluso grietas tan traicioneras como esta que tenía ante mí.

Recuerdo que el frío marcó la pauta, recuerdo que almorzamos en medio de la nada y de pie como las grullas, recuerdo cómo unas gélidas rachas de viento recorrían estos lugares y nos cortaban hasta la respiración. Aquella fue una jornada intensa, memorable, única e irrepetible.”


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IV QUEDADA BLOGUERA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/24/iv-quedada-bloguera/

“Ay mis botas, pobrecitas mis botas, vamos a ver si no cogen una buena gripe. Y eso que empezaron el día contentas, alegres y saltarinas. Todavía no nos conocemos bien y no estamos del todo compenetrados. Es la segunda vez que vienen conmigo y no quiero que se acobarden. Aquí estoy acurrucándolas en mi regazo, dándoles un poco de mimo, acariciándolas por fuera con un pañito húmedo y secándolas por dentro con las páginas deportivas del periódico.

Por la mañana temprano ni yo ni mis botas teníamos la más remota idea de dónde nos llevaría Jesús, nuestro particular maestro de ceremonias. Hoy se ha celebrado nuestra IV Quedada Bloguera y mientras que las anteriores han tenido lugar en los Alcornocales…en está ocasión hemos cambiado de escenario y nos hemos ido a la Sierra de Grazalema. Y todo comenzó en Benaocaz ante la encalada fachada del cementerio.”


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NIEVE EFÍMERA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/03/nieve-efimera/

“La noche anterior había nevado y sabíamos que continuaría haciéndolo. Buscábamos una foto que captara la esencia de esas nevadas de efímera nieve que espolvorean la Sierra de Grazalema.

Y para nosotros el día comenzó demasiado temprano, no es que pretendiéramos llegar los primeros sino más bien evitar los atascos y retenciones de tráfico en las sinuosas carreteras serranas.

Camino de los Charcones. Llevábamos andando un buen rato y aún no me había colgado la cámara del cuello. La intermitente aguanieve me obligó a mantenerla dentro de su funda. Hacía frío, y cuando soplaba el viento… aún más. La carretera, arriba a nuestra derecha, estaba tranquila, no sospechaba la que se le vendría encima horas más tarde.”


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PEÑÓN DE LOS ENAMORADOS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/16/penon-de-los-enamorados/

“Nos habíamos propuesto subir al Peñón de los Enamorados, en un principio barajamos la posibilidad de hacerlo desde Puerto Saucillo, y en eso estábamos… preparando la expedición cuando entre nuestros apuntes apareció un topónimo muy sugerente: Hoyos de la Caridad, seguimos indagando y saltó a la palestra otro que lo era mucho más: Cañada de las Animas, y la cosa se puso muchísimo más interesante cuando supimos que por aquellos lares también existía una oquedad que podíamos visitar, la Cueva del Manijero.

En nuestro análisis de toda la información que teníamos por delante también fuimos conscientes de que en un tramo concreto de la ruta tendríamos que salvar una altura de 480 metros en poco más de 3 km., pronto pasamos página en este punto e hicimos como que no nos habíamos enterado de nada. Íbamos a seguir adelante, comenzaríamos a caminar en Quejigales y nada nos iba a echar atrás, ni ese maldito desnivel que pensándolo bien era una auténtica barbaridad.”


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TRAFALGAR BOTÁNICO

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/24/trafalgar-botanico/

“Hace años que el doble tómbolo de Trafalgar dejó de existir. Aquellos arenales costeros que habían atesorado una comunidad vegetal tan interesante ahora reposaban bajo las aguas. Y es que el nivel del mar había subido tanto que solo era visible la parte superior de las ruinas del faro, además la altura del Acantilado de Barbate se había reducido a la mitad…

Esto se me pasó por la cabeza cuando calibré los efectos que provocaría en esta parte del litoral la subida del nivel del mar como consecuencia, una más, del cambio climático.

Y pensaba en todo esto mientras nos aproximábamos a la primera línea de costa por aquel interminable camino vecinal. La lluvia de la noche anterior había llenado de agua los socavones, y había tantos agujeros en el carril que daba la impresión de que había sufrido una auténtica lluvia de meteoritos.”


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MARZO MARCEA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/07/marzo-marcea/

Ha pasado un mes desde que acarreó aquellas cajas repletas de libros y carpetas de casa del abuelo. A pesar de que se propuso firmemente clasificar su peculiar herencia solo fue capaz de echarle un vistazo a una de aquellas manoseadas carpetas, concretamente a la titulada “Pinsapar desaparecido VdR-SGHN”.

En aquel entonces le cautivó la lectura de aquellas anotaciones, gracias a aquellos documentos supo que su antepasado fue un aficionado a la botánica, que participó en la recuperación de un abeto que existía en el sur y que, cuando llegaba la primavera, gran parte de su tiempo libre lo empleaba en fotografiar las plantas del entorno, entre otras cosas.”


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NAVAZO CHICO

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/14/navazo-chico/

“Hasta donde se pierde la vista en estas fértiles tierras de suaves colinas, cultivos y cortijos se alternan decorando el paisaje. Hace un buen rato que circulamos por una estrecha carretera que parece no tener fin. Y no hay nadie.

El cielo está gris, completamente gris. Comienza a llover una vez más, el cortijo que veíamos hace un instante en lo alto de la loma ya no está. A través de la luna del parabrisas vemos cómo se aproxima una cortina de agua que difumina las siluetas y va engullendo el paisaje a su paso.

En el mismo borde de la calzada algo me ha llamado la atención, algo esbelto, algo blanco. He detenido el coche en el arcén, espero a que amaine el aguacero, y cuando solo chispea me he bajado con la cámara en ristre, compruebo que se trata de una Linaria hirta, es la segunda ocasión que me topo con esta hermosa especie de tan solitarias costumbres.”


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HOYO DE LA CAL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/26/hoyo-de-la-cal/

“Apoyé la mano en la enorme piedra que franqueaba el paso en aquel puerto perdido en medio de las montañas, miré al otro lado y supe que no nos habíamos equivocado, era el lugar que andábamos buscando.

En ese preciso instante respiré tranquilo, y es que no las había tenido todas conmigo. La noche anterior había estado revisando ortofotos de la zona hasta bien entrada la madrugada. Llegué a localizar hasta tres posibles pasos por donde cruzar aquellas montañas. Pronto descarté uno de ellos, era tan recto que parecía trazado con tiralíneas y caí en la cuenta de que bien podría tratarse de un capricho geológico.”


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ABRIL AGUAS MIL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/05/07/abril-aguas-mil/

“Hasta donde alcanza la vista las incontables tonalidades del verde se alternan con el gris de la piedra caliza. Miras alrededor y solo alguna que otra encina osa poblar estas resquebrajadas laderas. El caos geológico que tengo ante mí es tal… que no me animo a subir a ninguno de los picos que nos vigilan. Además… el calor aprieta.

Continuamos por la senda y nos vamos a centrar únicamente en fotografiar plantas tallicortas que es a lo que hemos venido. Hace un rato que dejamos atrás el nacimiento del Guadalete y el bosque de pinos que lo escolta.”


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ALCOJONA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/05/18/alcojona/

“Nuestro objetivo lo teníamos delante, ahí mismo, iluminado por la cálida luz del amanecer. Debíamos acometer la subida por la izquierda siguiendo la línea del horizonte. Y aquella suave silueta de contornos amables nos engañó, de hecho nunca imaginamos que en esta vertiente ni tan siquiera existiera un sendero y que al otro lado, mucho más agreste, sí lo hubiera.

Y en la vertiente que no se ve, a la vuelta, debo reconocer que llegó un momento que estuve a punto de revolear la mochila y se me hizo tan tediosa la subida que ya iba pensando que el próximo fin de semana no saldría al campo.

Mientras subía resoplando comprendí porqué en interné había pocas fotos de aquella ladera, si a mí se me pasó por la cabeza revolear la mochila otros probablemente ya lo habrían hecho antes con la cámara de fotos dentro.”


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1.569 METROS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/06/09/1-569-metros/

“Muchas veces subí a este pico pero jamás por estas calendas. Todas y cada una de las veces que me propuse tocar su cumbre la experiencia fue diferente. Recuerdo haber ido solo, acompañado, lloviendo, haber subido con viento, también bajo un sol de justicia e incluso en cierta ocasión… nevando. Esta crónica es un tributo a este emblemático pico, una de las cumbres más altas de la provincia. Un pico que ha presidido desde lo más alto, a modo de Ángel de la Guarda, algunas de mis singulares andanzas montañeras. Simancón.

Son las diez de la mañana y ya vamos por la Cañada de Mahón hacia nuestro primer objetivo, el Puerto del Endrinal. La temperatura es muy agradable sin que llegue a hacer calor. La luz de esta hora del día ilumina de lleno el Peñón Grande, a nuestra derecha. Caminamos en silencio a la sombra de los enormes pinos. Hace unos diez minutos que dejamos atrás la restaurada era, testigo mudo de aquel entonces en que las cosas se hacían de otra forma siguiendo tradiciones olvidadas en el tiempo.”


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SIETE LAGUNAS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/06/23/siete-lagunas/

“Este fino polvo que levantan nuestras propias botas nos hace toser de vez en cuando. Las tonalidades del polvoriento sendero se han adherido a la vestimenta y de rodilla para abajo todo es el mismo color.

Llevamos tantas horas bajando de la montaña que temo haber olvidado cómo se sube una escalera. Maldita sea, esta bajada parece no tener fin. Iniciamos el descenso después de almorzar, son más de las siete de la tarde y aún continuamos. Por ahí arriba ya debe quedar poca gente, es más… probablemente seamos los últimos, como siempre.

Me he rezagado a posta y mis compañeros caminan delante, por un instante he perdido la concentración y le he dado tal patada a una piedra que he visto hasta las estrellas. Me he detenido en medio del sendero y a punto he estado de quitarme la bota para comprobar si las uñas siguen en su sitio, y entonces me he dicho que para qué, para bajar renqueante… no no, opto por seguir ladera abajo, y ya tendré tiempo de evaluar daños, poco a poco, a cada paso que doy parece que el dolor va desapareciendo, seguimos bajando… y bajando.”


Y esto… se acabó. 

 

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Siete Lagunas

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Este fino polvo que levantan nuestras propias botas nos hace toser de vez en cuando. Las tonalidades del polvoriento sendero se han adherido a la vestimenta y de rodilla para abajo todo es el mismo color.

Llevamos tantas horas bajando de la montaña que temo haber olvidado cómo se sube una escalera. Maldita sea, esta bajada parece no tener fin. Iniciamos el descenso después de almorzar, son más de las siete de la tarde y aún continuamos. Por ahí arriba ya debe quedar poca gente, es más… probablemente seamos los últimos, como siempre.

Me he rezagado a posta y mis compañeros caminan delante, por un instante he perdido la concentración y le he dado tal patada a una piedra que he visto hasta las estrellas. Me he detenido en medio del sendero y a punto he estado de quitarme la bota para comprobar si las uñas siguen en su sitio, y entonces me he dicho que para qué, para bajar renqueante… no no, opto por seguir ladera abajo, y ya tendré tiempo de evaluar daños, poco a poco, a cada paso que doy parece que el dolor va desapareciendo, seguimos bajando… y bajando.

Cae la tarde, ni tan siquiera sabemos qué nos queda para llegar a Trevelez, y entre alpargatazo y alpargatazo pienso en todo lo que ha dado de sí el día. El esfuerzo de esta tediosa bajada que antes fue agotadora subida nos ha permitido visitar unos parajes de ensueño. Y bajo realmente pletórico, en un principio dudé de poder llegar arriba a cuenta de la puñetera ciática que me había tenido renqueante días atrás.

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Pero vayamos al inicio de nuestra andadura por el techo de la península, todo esto comenzó muy de mañana. Abandonamos el pueblo por un camino encajonado entre muros de piedra. El sonido del agua invadía aquellos parajes y vadeamos varios arroyos de aguas cristalinas.

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El sendero subía bajo la protección de esbeltos chopos, allí moraban plantas que gustaban de suelos frescos y húmedos. Nomeolvides de pétalos celestes y alguna que otra orquídea.

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Las dedaleras nos saludaban al pasar, su esbeltez y su llamativa coloración púrpura las delataban, las alcanzábamos a ver desde lejos, todas ellas miraban al Barranco de Trevelez.

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De vez en cuando oíamos las voces de los lugareños y algún que otro golpe de “amocafre” como lo llama mi padre, y es que estas gentes se afanaban en cultivar las empinadas y difíciles laderas. Mediante recios muros de piedras perfectamente apiladas formaban bancales donde cultivaban cereal, hortalizas y mantenían algún que otro árbol frutal. El agua bajaba de las más altas cumbres por acequias tan antiguas como la propia montaña.

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Y fuimos subiendo tanto, tanto… que fueron desapareciendo muros, bancales, huertas, árboles frutales y hasta lugareños. Pronto nos quedamos solos en la inmensidad de aquellos parajes. El agua que discurría por las acequias se convertiría a partir de entonces en nuestra incondicional compañera.

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Habíamos dejado atrás la cota donde se asentaban las huertas y comenzamos a encontrar especies botánicas muy interesantes, y entre ellas destacaba una que no conocía y que me cautivó por su belleza, supe que se trataba de una Aquilegia pero en aquel instante no atiné a ponerle apellido.

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Allí moraba acompañaba de un cardo que sí conocía, un clavel de recatada corola, una lavatera de delicados pétalos rosas, un agracejo en flor, una compuesta de flor amarilla y un antipático Eryngium que me dijo que no me acercara.

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A veces las acequias eran tan anchas que se precisaba de gruesos tablones dispuestos a modo de puente para poder vadearlas. El agua estaba fría como ella sola y bajaba tan impetuosa encajonada en aquellas acequias que estas asemejaban montañas rusas, de las de auténtico vértigo.

Miramos hacia abajo y comprobamos que eran muchas las acequias que trazaban la ladera. Y desde nuestra altura atinamos a ver cómo el agua se precipitaba por ellas hacia el fondo del valle.

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Llegó un momento en el que ya comenzamos a hacer cálculos sobre velocidad media, distancia a recorrer, presión atmosférica, humedad del aire, longitud de nuestra zancada… y entonces caímos en la cuenta de que a este ritmo tan nuestro y que nos caracterizaba… jamás llegaríamos arriba. En ese momento pactamos detenernos lo estrictamente necesario.

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Apretamos los dientes y con paso firme fuimos subiendo por la ladera. No llevábamos ni media hora de continua subida cuando esa norma que nosotros mismos nos habíamos impuesto quedó derogada. Volvimos a detenernos con todo y con nada. Cualquier motivo era más que suficiente para hincar la rodilla en tierra y fotografiar esta y aquella otra planta, piedra, insecto… lo que fuera.

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La vertiente de enfrente estaba coronada por una montaña tan alta como no habíamos visto otra antes. La sola idea de saber que por esta ladera, en la que estábamos, teníamos que subir muchísimo más arriba… nos hizo silbar, mirar para otro lado y pensar en otras cosas. Uy, mira que planta más interesante.

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No sabíamos la cota en la que estábamos cuando localizamos un pendejo en flor y una robusta armeria. Y entonces tuvimos, una vez más, otro motivo para detenernos.

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Y allí mismo varias más cayeron fulminadas bajo el objetivo de mi cámara.

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Nos adentramos en un bosque de coníferas, tan separadas unas de otras que parecían estar enfadadas. Nos sorprendió localizar el bosque en aquella cota, pero mucho más sorprendidos debían estar los propios árboles de haber llegado tan alto.

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A poco de salir del ralo bosque oteamos nuestro destino en el lejano horizonte, sentados en una piedra nos hicimos la primera foto del grupo del día.

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Habíamos alcanzado los 2.400 m. de altura cuando llegamos a un paraje que las gentes de estas tierras conocían como las Campiñuelas. Un cortijo de recios muros y planta rectangular junto a una era circular de enorme lozas de piedra casi negra y numerosos bancales en la ladera revelaban el uso agrícola y ganadero en este lugar.

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La Acequia de los Posteros recorría todo el perímetro de este paraje aportando el agua necesaria para el cultivo del centeno, mucho más resistente al frío que el propio trigo. Además en estos bancales también se cultivaba la papa de la sierra, una variedad del conocido tubérculo que era muy apreciada por su exquisito sabor.

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Coincidimos con unas gentes que subían a lomos de bestias a lo más alto de la sierra, al mismo lugar a donde nosotros íbamos. Y el locuaz arriero nos confesó algunos secretos de estos parajes y también nos aconsejó por donde debíamos subir a Siete Lagunas. Nos aseguró que si seguíamos a pie juntillas sus instrucciones y subíamos por donde nos indicaba nos enamoraríamos para siempre de estos parajes, parece ser que al llegar arriba nos aguardaban unas vistas impresionantes.

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Junto a una pequeña laguna, nos tendimos en el suelo entre las bestias para fotografiar algunas de las especies botánicas que allí moraban. Empezó a refrescar y yo, que iba en manga corta, lo noté mucho más. Opté por no abrigarme pues aún nos esperaba alguna que otra dura subida.

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Dejamos atrás Las Campiñuelas y continuamos con nuestro deambular por aquellas tierras. Me llamó la atención localizar algunos Prunus, supongo que prostrata, entre las piedras, y a partir de ahí ya no vimos nada de tronco leñoso.

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El sendero se abría paso en la ladera cubierta de matorrales almohadillados de tonos amarillos. Continuamos deteniéndonos en más ocasiones de la cuenta, sabíamos que íbamos mal de tiempo pero no nos importó. Y se me pasó por la cabeza convertirme en cuatrero y seguir subiendo por aquellas vertiginosas laderas a lomos de una de esas bestias que se habían quedado pastando allí abajo.

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De vez en cuando en algunas cañadas el agua se abría paso creando auténticas torrenteras. Me llamó la atención el contraste del verdor de sus orillas cubiertas de fresca hierba con el pedregal por donde discurría. Y en uno de esos idílicos lugares nos hicimos una foto sentados sobre la hierba.

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Llegamos a uno de esos lugares donde la delgada torrentera se convirtió en auténtico arroyo de montaña, ancho, profundo, caudaloso. Y en ese mismo sitio coincidimos una vez más con las gentes que subían a lomos de mulas. Vimos como a duras penas consiguieron vadear el arroyo y caímos en la cuenta de que por ahí para nosotros sería mucho más complicado.

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Seguimos aguas arriba intentado dar con un sitio donde el cauce fuera más estrecho pero no conseguimos dar con él. Se me ocurrió saltar a una piedra en medio del arroyo y de ahí pasé a la otra orilla sin apenas esfuerzo.

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Comencé a subir por la otra vertiente, a medio camino me detuve y me di la vuelta, entonces comprobé que mis compañeros no habían seguido mis pasos y aún permanecían en la otra orilla. Aguardé paciente que vadearan el arroyo y cuando estaban entretenidos en aquel menester les disparé.

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Enfrente teníamos una colosal pared de piedra, inexpugnable, el Tajo del Contadero. Prestando atención a aquel farallón vimos cómo por allí se descolgaba una caída de agua no llegando nunca a formar cauce, el viento se encargaba muy bien de pulverizar su agua. Nuestro primer destino estaba a la derecha de aquella monumental pared pétrea.

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El sendero nos llevó ante aquel lugar del que nos habló el locuaz arriero. Y  en ese preciso instante recordamos sus palabras: “Subid por las Chorreras Negras, pegados a la de la izquierda, cuando lleguéis arriba las vistas son impresionantes. A un lado el Mulhacén, y al otro lado del cordel… el Peñón del Globo, el Puntal de Siete Lagunas y detrás… el Alcazaba. Nosotros subimos por la loma porque por ahí no pueden pasar las bestias.” Y cuando nos contó todo aquello, procuramos no olvidar ninguno de los topónimos.

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Nos propusimos hacerle caso y nos fuimos acercando poco a poco, más y más al lugar por donde se precipitaban al vacío aquellos dos saltos de agua. Y a poco de acometer la subida me detuve en medio del sendero, con los brazos en jarra analicé concienzudamente el panorama.

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En un principio debo reconocer que dudé de subir por allí. Afiné la mirada y me sorprendió ver en aquella abrupta ladera un reguero de diminutas personas ataviadas de llamativas prendas, pero más me sorprendió comprobar que ninguna de ellas se movía. En concreto observé a un anaranjado montañero que permaneció quieto durante un buen rato. Llegamos a la conclusión de que la subida debía de ser bastante dura y la bajada demasiado peligrosa.

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Nos miramos los tres y optamos por subir por las Chorreras Negras y ya después, a la vuelta, bajar por la loma, por donde las bestias. Acometimos la subida, vadeamos una pequeña chorrera y nos pegamos a las piedras.

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Fuimos subiendo con paso firme y nos vimos obligados a detenernos de vez en cuando, para nosotros subir del tirón era impensable. Pero lo cierto es que mantuvimos tal ritmo que nos sorprendió llegar arriba mucho antes de lo esperado.

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Fue pasar al otro lado, donde la Laguna Hondera, y la temperatura cayó en picado, hacía tanto frío que me descolgué apresuradamente la mochila, trasteé dentro buscando el cortavientos y me lo encasqueté más rápido que ojú, subí la cremallera hasta arriba del todo.

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Y comprobamos que el locuaz arriero no se había equivocado. Aquel lugar nos agasajó con esas hermosas vistas que el mismo nos había descrito. Me llamaron la atención las lagunas de aguas cristalinas y las laderas que cerraban a norte aquellos parajes. Algunos neveros aún decoraban las escarpadas laderas.

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Había llegado la hora de dar buena cuenta de nuestro menú de mochila. Pero para almorzar debíamos estar resguardados del gélido viento que barría aquel lugar. Nos parapetamos tras una piedra y allí comimos al sol, en la misma orilla de una de las lagunas, no quedaron ni las migas.

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Tras la ingesta, aunque disponíamos de poco tiempo, optamos por seguir adelante para explorar aquellos parajes. Caminamos por una pedregosa loma hacia un collado que cerraba aquel circo por el norte. A un lado el Mulhacén y al otro el Peñón del Globo.

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Y nuestra decisión de seguir adelante fue más que acertada, allí conseguimos visitar unos parajes espectaculares. Siguiendo aguas arriba un arroyo accedimos a otra de las lagunas.

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Al margen del paisaje que nos rodeaba lo más notorio para mí era el conjunto de especies botánicas que en aquellas alturas moraban. Muchas, mejor dicho… la mayoría eran nuevas para mí. Las gencianas surgían de entre la hierba fresca y tuve la tremenda suerte de localizar varios ejemplares hipocromáticos.

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Violetas, linarias, siemprevivas, arenarias e incluso unas hojas basales aterciopeladas que en un principio no atiné a identificar, después supe que se trataba de la Estrella de las nieves, el símbolo de estas montañas. Disponíamos de poco tiempo y apresuradamente intenté captar con el objetivo de mi cámara todas las que me salían al paso. Ya en casa, detenidamente, tendría tiempo de identificarlas… o no.

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Y antes de emprender el camino de vuelta intenté hacerle una foto a una de las lagunas que hay a los pies del Mulhacén. Intenté que cupiera todo en el encuadre pero no hubo manera, comencé a subir por la ladera alejándome de la laguna para acaparar la escena y cuando creí que casi lo había logrado, disparé.

Mientras tanto, mi buen amigo Selu se afanaba en grabar un video que captara la agreste belleza de aquellos parajes. Y supe de su menester cuando dijo: “estoy grabando”, para que me callara.

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Miramos detenidamente el reloj y supimos que había llegado el momento de emprender el camino de vuelta, aún teníamos por delante muchas horas de marcha.

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Empleamos en salir de Siete Lagunas todo el tiempo que pudimos y más, como si nos apenara abandonar aquel lugar. Nos deleitamos una vez más con los educados arroyos de aguas bravas que nunca osaban salirse de su cauce y con esas orillas ribeteadas de fresca hierba donde brotaban gencianas y otras especies botánicas.

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En vez de seguir adelante para bajar por las Chorreras Negras nos desviamos a la izquierda para hacerlo por la loma, por donde las bestias. Y en la bajada pudimos disfrutar de una perspectiva distinta de aquel sitio tan peculiar. Atrás quedaron las hermosas caídas de agua.

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Ya en la bajada de la loma comenzamos a calentar los músculos que no habíamos usado en la eterna subida de por la mañana. Los pulgares presionaban dolorosamente la punta de las botas, la puñetera bajada no había hecho más que empezar.

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Esa mole de paredes inexpugnables quedó a nuestra derecha y ya no prestamos atención ni a la caída de agua, ni a la hierba fresca que ribeteaba las torrenteras, ni a nosotros mismos. Vadeamos el arroyo de ancho cauce por donde pudimos ya sin miramientos, cual cabra montés, de un salto, y seguimos adelante. Apretamos el paso hasta que llegamos a la pequeña laguna de las Campiñuelas y ahí… nos detuvimos a recobrar el aliento.

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Opté por guardar la cámara en la mochila, y nada más hacerlo caí en la cuenta de que delante de mí tenía una buena foto. Cogí mi teléfono con las dos manos, estiré los brazos y disparé. “Merecido descanso. Más de once horas de travesía”.

 

Y ya solo me queda publicar una tras otra algunas de las fotos de botánica que hice durante esta travesía ordenadas por la cota donde localicé las especies.

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1.569 metros

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Muchas veces subí a este pico pero jamás por estas calendas. Todas y cada una de las veces que me propuse tocar su cumbre la experiencia fue diferente. Recuerdo haber ido solo, acompañado, lloviendo, haber subido con viento, también bajo un sol de justicia e incluso en cierta ocasión… nevando. Esta crónica es un tributo a este emblemático pico, una de las cumbres más altas de la provincia. Un pico que ha presidido desde lo más alto, a modo de Ángel de la Guarda, algunas de mis singulares andanzas montañeras. Simancón.

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Son la diez de la mañana y ya vamos por la Cañada de Mahón hacia nuestro primer objetivo, el Puerto del Endrinal. La temperatura es muy agradable sin que llegue a hacer calor. La luz de esta hora del día ilumina de lleno el Peñón Grande, a nuestra derecha. Caminamos en silencio a la sombra de los enormes pinos. Hace unos diez minutos que dejamos atrás la restaurada era, testigo mudo de aquel entonces en que las cosas se hacían de otra forma siguiendo tradiciones olvidadas en el tiempo.

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Voy en cabeza cuando me he detenido un momento, me giro sobre mis botas, miro a mis compañeros que caminan detrás y los recuerdos afloran en mi mente. En aquel mismo sitio, hace muchos años, me hicieron una foto con mi hijo. Mucho ha llovido desde aquel entonces, pero la imagen aún la tengo en mi retina. Mi chaval avanza a grandes zancadas y yo le sigo ataviado con mi chaleco de los 40 bolsillos, sí, uno esos que cuando buscabas algo te llevabas un buen rato dándote manotazos.

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Queda poco para llegar al Puerto del Endrinal y nos hemos detenido a recobrar el aliento. Allí abajo está Grazalema y en el horizonte oteamos Cerro Coros, Cerro Malaver y la meseta donde se asientan las ruinas de la ciudad romana de Acinipo.

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Próximos al puerto vamos subiendo por un sendero que se torna más rojizo a cada paso que damos. Nos detenemos, desde aquí las vistas son impresionantes y enfrente, a lo lejos y muy arriba está nuestro destino: El corazón de la Sierra del Endrinal presidido por cuatro cumbres donde destacan el Simancón y el Reloj.

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Intuyo por donde sube el sendero adentrándose en el bosque que se desparrama por la ladera resquebrajada, casi sigo con la mirada sus curvas allá muy arriba cuando el bosque deja de serlo, y ya solo atino a imaginarlo cuando traspone el horizonte y… bueno, dejemos a un lado la imaginación y afrontemos la subida.

Nos queda un buen repecho pero no nos importa. Nos hemos propuesto tocar su cumbre y vamos a conseguirlo. Encaminamos nuestros pasos hacia el Llano del Endrinal, el único sitio de cómodo tránsito que existe por estos parajes. Lo cruzamos rápido, enfrente queda el Puerto de las Presillas, giramos a la izquierda y nos adentramos en el bosque de pinos, comienza el verdadero ascenso, hasta ahora solo hemos calentado motores.

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El sendero zigzaguea por la ladera y no nos queda otra que seguirlo. El pino convive con escaramujos, majoletos y rascaviejas. Me detengo un momento para hacer unas anotaciones en mi libreta por si algún día decido escribir algo sobre esta salida al campo. Me descuelgo la mochila y la dejo sobre las acículas, apoyada en un tronco.

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Anotaciones semana 22. En estos parajes sumidos en la sombra la temperatura es muy agradable, los rayos de sol intentan colarse entre las ramas pero no todos lo consiguen. Localizamos varios pies de Adenocarpus decorticans, a esta cota en la que nos encontramos la mayoría de los ejemplares ya han florecido y numerosas legumbres decoran sus ramas, las hay de todos los tamaños, sin estar ninguna madura. Al trasluz son visibles las semillas y me llaman la atención unas pequeñas glándulas que decoran las vainas, las miro detenidamente y me recuerdan a la atrapamoscas. Y resulta que estas glándulas son las que dan nombre al género Adenocarpus 

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Poco a poco vamos cogiendo altura hasta llegar a un lugar donde el bosque ha dejado de serlo. Hasta ahora la espesura no nos ha permitido disfrutar del paisaje y es entonces cuando somos conscientes de la belleza de estos parajes. Allá muy abajo nos sorprende que el Peñón Grande haya dejado de serlo.

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Y estando con los brazos cruzados disfrutando del paisaje he recordado aquella ocasión en que nos sorprendió aquí mismo una copiosa nevada, en aquella jornada nadie se había aventurado a subir aquí y estuvimos solos durante todo el día. Recuerdo que no paraba de nevar, los tonos sepias tiñeron estos parajes y conseguí captar a mi amigo Juan, bien abrigado, en medio de la impresionante nevada. Y recuerdo también cuando esta se tornó desagradable ventisca y hubimos de volver sobre nuestros pasos abandonando apresuradamente estos parajes que se habían tornado inhóspitos.

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Ahora la cosa es bien distinta, ni una sola nube decora el cielo. Continuamos con la subida y hemos llegado a un lugar donde la vegetación ha cambiado por completo. Mientras uno de mis compañeros se afana en fotografiar una orquídea vuelvo a sacar mi cuaderno de notas.

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Ahora mismo no sé la cota que hemos alcanzado pero lo cierto es que la vegetación ha cambiado por completo. En este lugar en concreto Cerastium gibraltaricum es la especie en flor más abundante. Varios Adenocarpus decorticans osan morar en estas alturas y a diferencia de los que hemos visto antes en cotas inferiores estos están en plena floración poniendo la nota de color en medio de tanta caliza.

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Nos hemos entretenido tanto que nos hemos rezagado, el otro 50% de la expedición ha seguido adelante. No conseguimos localizarlos y eso nos extraña pues no existe nada que pueda ocultarlos.

Hasta donde se pierde la vista matorrales almohadillados cubren el paisaje. Hemos afinado la mirada y los hemos localizado en el horizonte, es entonces cuando nos damos cuenta de las enormes dimensiones del paraje donde nos encontramos.

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Un sendero que no ofrece lugar a dudas traza esta hoya que aún no he conseguido averiguar cómo diablos se llama. Solo sé que hay una sima, que si siguiéramos hasta el collado que tenemos delante otearíamos el Circo del Dornajo y que el Simancón es la impresionante ladera desnuda que queda a nuestra izquierda. También sé que debemos seguir un poco más allá antes de acometer el asalto final a su cumbre.

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Y nos hemos detenido tantas veces que he perdido hasta la cuenta, mientras Selu se entretiene con un cardo y Miguel con el paisaje he vuelto a descolgarme la mochila y echar mano de mi cuaderno de notas.

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Creo que hemos alcanzado los 1500m. de altura. La belleza de este paraje que nos rodea es impresionante. Espacios abiertos donde solo osan morar arbustos almohadillados, entre ellos destaca Erinacea anthyllis en distintas etapas de floración. Comparte hábitat con Ornithogalum reverchonii, y de estos hay tantos que no sé cuál escoger para hacer una foto. Su flor es tan llamativa que me he visto obligado a colocarme las rodilleras.

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Avanzo en cabeza cuando me he girado y veo a mis compañeros que suben entre las piedras. Ya casi hemos llegado y ponemos especial cuidado en no resbalar. Una vez arriba continuamos cresteando hasta llegar a la cima. Objetivo cumplido.

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Sopla viento y hace frío, los demás se abrigan, yo no. Pero no porque no quiera sino porque no tengo qué ponerme. Ahí mismo, en lo más alto nos hacemos una foto de grupo. Detrás en el horizonte queda la Sierra del Pinar, con su San Cristóbal a la diestra y Torreón a la siniestra. Y elegimos este sitio para dar buena cuenta de nuestro menú de mochila. Durante la ingesta nos entretenemos nombrando de viva voz los pueblos, picos y sierras que oteamos en la lejanía.

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Las intensas lluvias de la semana pasada han alargado la primavera, y en estas cotas eso se nota aún más. Me llama la atención que el Muscari atlanticum sea tan abundante formando verdaderas concentraciones, y aquí mora acompañado de algún que otro Erodium. Sopla un viento húmedo de poniente que nos refresca el rostro. Este lugar privilegiado es único y lo que desde aquí se divisa… impresionante.

La sobremesa es breve, como siempre, y pronto comenzamos la bajada, ya nos hemos marcado un nuevo objetivo, explorar uno de los picos de menor altura que tenemos delante.

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Estoy a media ladera y he bajado tan rápido que les he cogido una buena ventaja a mis compañeros. Me he sentado en una piedra a esperar que me alcancen.

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Ahí mismo me entretengo con la rala vegetación que me rodea, de un simple vistazo identifico un pie de Rhamnus myrtifolius, pero… hay algo que no me cuadra, no posee flores amarillas sino rosadas, lo miro con detenimiento y caigo en la cuenta de que estaba equivocado, se trata de un prunus. En un principio no soy capaz de ponerle apellido, solo sé que mora postrado entre las piedras.

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La comitiva se vuelve a reagrupar, seguimos bajando ya todos juntos pero el reagrupamiento dura bien poco, ni unos escasos dos minutos. Mientras unos aprietan el paso otros se van entreteniendo con casi todo. Tal es así que miro a mi izquierda y ahí está Selu, fotografiando una peonía. Mientras espero que termine pienso que podemos estar ante la peonía que habita a más altura de toda la provincia.

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Nos hemos plantado ante la nueva cumbre que vamos a asaltar, analizamos el terreno y caminamos entre el matorral almohadillado que lo puebla. Hay tantos claros tapizados de pequeñas piedras que avanzamos rápido, tanto como que casi sin darnos cuenta hemos llegado a la primera de sus paredes.

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Escudriñamos sus rendijas y grietas y las especies botánicas que aquí moran son las mismas que ya hemos visto. Nos llama la atención el afloramiento de pedernal en la pared caliza.

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Observo que comienza el período de floración del Sedum acre, que mora en las grietas, y también el de un solitario cardo al que no hemos sido capaces de poner nombre.

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Aún no hemos llegado arriba, sorteamos esta primera pared y pronto accedemos a la cumbre. Ya hay quien está arriba disfrutando de las vistas que este lugar nos ofrece.

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A pesar de las numerosas ocasiones que he pasado a sus pies, jamás me aventuré a subir aquí. Su amplia cumbre es cómoda de andar y mires adonde mires… te cautiva la belleza del paisaje. Debemos estar rondando los 1.500m. de altura. Desde este lugar la ladera desnuda del Simancón es ciclópea y en su cumbre atinamos a ver dos personas, desde esta distancia solo son dos diminutos puntos negros.

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En todo lo alto de este pico y con vistas a la hoya que precede la subida al Simancón hemos localizado una sobria construcción, un desordenado apilamiento de piedras.

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Nos hemos hecho una foto de grupo apoyados en una piedra con la Sierra del Pinar detrás a modo de decorado.

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He llegado la hora de abandonar estas alturas donde hemos gastado el día y emprendemos el camino de vuelta, sopla el viento y hace fresco.

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Bajamos del promontorio buscando el sendero que hay a sus pies y pronto conseguimos dar con él.

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Aún tenemos tiempo, antes de adentrarnos en la espesura del bosque, de disfrutar de las privilegiadas vistas con las que nos agasaja este lugar.

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Me he detenido un momento a fotografiar a Selu contemplado el paisaje, me giro sobre mis botas y ahí está el pico de donde acabamos de bajar. Un lugar que no conocía y que me ha cautivado, un sitio interesante al que me he propuesto volver… en cuanto pueda.

Pronto el tórrido verano secará todo esto y ya pocos osaran aventurarse por estos parajes.

 

 

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Alcojona

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Nuestro objetivo lo teníamos delante, ahí mismo, iluminado por la cálida luz del amanecer. Debíamos acometer la subida por la izquierda siguiendo la línea del horizonte. Y aquella suave silueta de contornos amables nos engañó, de hecho nunca imaginamos que en esta vertiente ni tan siquiera existiera un sendero y que al otro lado, mucho más agreste, sí lo hubiera.

Y en la vertiente que no se ve, a la vuelta, debo reconocer que llegó un momento que estuve a punto de revolear la mochila y se me hizo tan tediosa la subida que ya iba pensando que el próximo fin de semana no saldría al campo.

Mientras subía resoplando comprendí porqué en interné había pocas fotos de aquella ladera, si a mí se me pasó por la cabeza revolear la mochila otros probablemente ya lo habrían hecho antes con la cámara de fotos dentro.

Pero vamos por partes, todo a su tiempo, vayamos al inicio de nuestra peculiar andadura.

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Y a la vez que calentamos motores zapateando aquella pista forestal nos fuimos deleitando con la belleza de la cumbre que nos habíamos propuesto subir. La teníamos a nuestra derecha, se alzaba impresionante al otro lado de la Nava de San Luís, de ladera suave adornada por un denso bosque de pinsapos que no osaba poblar la cumbre, de inconfundible silueta, altiva y desafiante.

Pronto nos adentramos en la espesura del bosque, allí moraban algunos vetustos pinsapos acompañados de algún que otro pino de alto rango, enormes, altos, altísimos. Sombras, suelo húmedo, nos rodeó el silencio del bosque y fuimos caminando bajo la floresta hasta que los pinsapos fueron más y más pequeños.

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Un poco más allá llegamos adonde mora el que probablemente fuera el abuelo de todos ellos: El Pinsapo de las Escaleretas. Nos dio la sensación de que agonizaba, de follaje tan ralo que en algunas zonas se mostraba casi desnudo. De tronco enorme y ramas inabarcables. Su agonía era visible desde un mirador que igual no debería haberse construido nunca.

Dejamos atrás aquel barandal y seguimos adelante. A poco de abandonar el bosque pasamos junto a otro enorme pinsapo de tamaño tal que no envidiaba al que acabábamos de visitar. El del Puntal de la Mesa.

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Pronto llegamos a una cota donde el bosque dejó de ser bosque, parajes desarbolados donde algunos pinsapos osaban morar aquí y allá, desperdigados, acompañados de algún que otro enebro que le hacía las veces de escudero. Casi sin querer habíamos alcanzado la línea del horizonte, sí, aquella que vimos en lontananza desde la pista forestal.

Alcojona-05Estando en aquellas alturas miramos al frente, hacia donde estaba nuestro destino, y supimos que ninguna de las dos cumbres que teníamos delante era el Alcojona, él estaba mucho más allá, detrás.

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Y antes de acometer la subida a la primera de aquellas falsas cumbres, nos detuvimos en un collado. Avancé unos metros y me di la vuelta, entonces vi la foto, ahí estaban mis compañeros de expedición tomando un tentempié entre risas y charlas con las Turquillas y el Campanario detrás a modo de decorado. Silbé, me miraron y disparé.

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En vez de subir a la falsa cumbre, fuimos rodeándola a media ladera. Aunque cada uno mantuvo la cota que le vino en gana todos sabíamos muy bien hacia dónde debíamos ir.

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La belleza de aquellas montañas era sublime y la generosa primavera las engalanaba haciéndolas mucho más hermosas aún. Numerosas especies botánicas estaban en su máximo esplendor convirtiendo aquellos parajes en un auténtico vergel.

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Y estábamos allí a poco de comenzar la subida a otro collado cuando Paco localizó una oquedad en la cabecera de la cañada. Y no se nos ocurrió otra cosa que entrar en la gruta de sopetón y estaba todo tan oscuro, vimos tan poco… que de haber morado oso nos hubiera zampado, a los dos. Y lo más triste es que nadie se habría enterado porque los demás caminaban un poco más abajo en la ladera y no nos habían visto ni entrar.

Cuando nuestras pupilas se dilataron lo suficiente, vimos que el suelo era de una tierra completamente negra, que a la derecha había un pequeño habitáculo en alto que bien pudiera hacer las veces de alacena, que sus paredes rezumaban agua y que la oquedad se prolongaba hacia la izquierda, quisimos aventurarnos más allá y nos sorprendió comprobar que el suelo sonaba a hueco, alto. En ese preciso instante nos abandonó nuestro interés exploratorio y salimos al exterior, a que nos diera el solecito.

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Retomamos la marcha y pronto nos pusimos a la misma altura que nuestros compañeros, como si participáramos en una batida subiendo por la ladera.

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Ya quedaba poco para llegar al collado que existía previo a la cumbre cuando me detuve. Me gire y en la lejanía oteé el Torrecilla y el Cerro de la Alcazaba, vigilantes. Observé la ladera que nos había traído hasta aquí y no fui capaz de situar la localización exacta de la gruta que habíamos visitado.

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En el mismo collado dispuse figurantes, desplegué trípode, ajuste temporizador y clic, foto de grupo. Detrás… el Torrecilla, nuestro ángel de la guarda.

Acometimos el asalto final y a partir de ahí llegar a la cima fue coser y cantar. Un terreno mucho más cómodo nos permitió avanzar rápido, sin apenas esfuerzo y pronto tocamos cumbre.

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Mientras mis compañeros de expedición se deleitaban contemplando el paisaje yo me entretuve con la peculiar flora que moraba en aquellas alturas. Localicé un erodium que ya conocía de Villaluenga y me tiré por los suelos para fotografiarlo.

El mismo viento que nos refrescaba el rostro se ocupaba de zarandearlos, y cuando por un instante cesó el vapuleo… les disparé. Erodium cheilanthifolium.

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Oteamos Gibraltar, el Mediterráneo, la Concha y muchos otros lugares. En la cima del Alcojona (1.498m.), tocando cumbre nos hicimos la foto de grupo. Y allí posamos con la sensación del deber cumplido, abrigados, pensando en todo lo que aún nos quedaba por recorrer.

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Consultamos nuestro particular cuaderno de bitácora y cambiamos de rumbo, nuestro siguiente objetivo era llegar a Puerto Capuchino, donde la caliza daba paso a la peridotita. Pero para llegar allí primero teníamos que sortear la mole que teníamos delante. Y así fue, iniciamos una apresurada bajada entre pendejos, cojines de monja y piedras sueltas, muchas piedras sueltas y coronamos aquella falsa cumbre.

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Después tocó bajar una vez más, y en eso estaba cuando resbalé apoyando la mano sobre una bella planta almohadillada, tan espinosa que todavía hoy, cuando redacto esta crónica, no he sido capaz de quitarme sus quebradizas púas de la palma de mi mano. Vella spinosa.

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Y en uno de aquellos saltos noté que algo había fallado, me había lesionado. Y entonces no supe si era el nervio ciático, el asiático o el indoeuropeo, lo cierto es que aquel maldito contratiempo me dejaría renqueante para el resto de la jornada.

A duras penas terminé de bajar de aquella puñetera loma y llegué a Puerto Capuchino, allí me esperaba el resto de la comitiva. En un principio no comenté nada a mis compañeros para no fastidiarles nuestra peculiar andadura, pero cuando mi cojera fue más que evidente no me quedó más remedio que confesarlo.

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Y me quedé con las ganas de subir a Cerro Abanto, a echarle un vistazo a la riqueza botánica que debía atesorar aquella inhóspita cumbre, maldita sea.

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Giré sobre mis botas, miré a la enorme loma caliza donde me había lesionado y maldije una vez más.

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Y mientras mis compañeros de expedición acometían el asalto a la cima bermeja no me quedó otra que aguardar su vuelta entretenido con la flora de Puerto Capuchino.

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Estando allí me llamó la atención el contraste de tonalidades de las dos laderas enfrentadas que convergían en el Arroyo de los Quejigos, mientras que una de ellas poseía el tono bermejo de la peridotita en la otra prevalecía el inconfundible gris de la caliza.

Miré abajo a una y otra ladera, y a pesar del interés que puse y del tiempo que le dediqué no fui capaz de averiguar por donde puñetas bajaba el sendero que nos debía sacar de aquel lugar.

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Cuando mis compañeros bajaron de Cerro Abanto emprendimos el camino de vuelta. Conseguimos localizar el sendero, estrechito, escuálido, tapizado de piedrecitas sueltas, a veces muy inclinado, otras no tanto. Preferíamos ir escoltados por aulagas y sufrir sus pinchazos a caminar desprotegidos y que un desafortunado traspiés nos enviara ladera abajo.

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Fuimos bajando con el freno puesto, siguiendo a pie juntillas lo que nos decía el raquítico sendero. Y cuando parecía que había dejado de serlo conseguíamos localizarlo un poco más adelante, tanto o más escuálido aún. Así hasta que llegamos al fondo de la garganta.

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Y conseguimos vadear el arroyo de aguas limpias y cristalinas por el único sitio que no hubimos de colocarnos las pezuñitas de cabra. Con un pie en cada orilla miré aguas arriba, entre aquella amalgama de piedras y rala vegetación conseguí localizar dos saltos de agua.

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A partir de ahí tocó subir, y mucho. Nos detuvimos a media ladera y oteamos el lugar de donde veníamos, entonces nos sorprendió ver por dónde habíamos bajado.

Y entre alpargatazo y alpargatazo… el maldito dolor de la pierna. En ese preciso instante pensé en revolear la puñetera mochila con la cámara dentro. Me detuve un momento y me quedé el último, me recompuse, hice el firme propósito de no escupir ni una sola palabrota, ni tan siquiera rechistar… y acometí lo que me quedaba de subida.

Y ya llegando arriba comencé a preguntarme que a dónde podría ir el próximo sábado.

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