Nevada en el Navazo

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Clarea el día y voy camino de Villaluenga, allí me esperan para subir casi a lo más alto. Por Benaocaz aún persiste algo de nieve tras la copiosa nevada de hace dos días. Y donde no hay nieve… hay escarcha, todo está blanco, congelado. Por estos lares la noche ha debido ser de garabatillo, con unas temperaturas tan bajas que hasta las ginetas llevan bufanda y las garduñas gorro de lana, qué frío.

El termómetro del coche parpadea avisándome del riesgo de hielo. Aminoro la marcha y extremo la precaución cerca del Saltillo en una curva tan cerrada y tan a la sombra que de formarse hielo seguro estaría ahí, esperándome como si de una emboscada se tratase. Ya en La Manga recobro algo de confianza y acelero un poquitín. Es cierto que hay nieve pero estoy convencido de que mucha menos de la que la gente espera encontrar.

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Me he colgado la mochila, me he puesto los guantes y comenzamos la caminata. El pueblo va quedando atrás, ahora está muy tranquilo, no sabe la que se le viene encima.

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En el camino empedrado que poco a poco nos va alejando del pueblo hay placas de hielo, pasamos una angarilla y comenzamos a pisar tierra, cogemos altura poco a poco. Allí abajo más y más coches transitan por la carretera buscando un lugar donde detenerse para poder disfrutar de la nieve que decora el arcén.

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No encabezo la marcha, en esta ocasión Selu hace las veces de maestro de ceremonias. Pretende subir por la Cuesta Peralta hasta el Navazo Hondo y yo le sigo sin rechistar. En esta ladera a la solana en la que estamos no hay nieve, ya hace tiempo que se derritió, el suelo está mojado.

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Hemos cogido algo de altura, pasamos un muro de piedras y la cosa comienza a cambiar, cada vez hay más nieve. El sendero se escurre entre paredes de piedra y bosquetes de encinas. Y poco a poco nos vamos adentrando en unas tierras donde hay picos muy altos que no tienen ni nombre.

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Hemos llegado a un claro del bosque cubierto de nieve, siguiendo las instrucciones del benjamín del grupo nos prestamos a hacer un muñeco de nieve. Y una vez construida nuestra efímera y poco agraciada escultura pues dispongo figurantes para hacernos una foto, a uno lo dispongo más de una vez y este es el resultado.

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Seguimos adelante, el sendero se encajona entre las piedras y pasamos a la otra vertiente, ahora sí que hay nieve. Tanta como que caminamos con cuidado para no resbalar.

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A nuestra derecha se yergue una impresionante mole caliza de paredes verticales, inexpugnable. Sé que en algunos mapas aparece como Encinar y Pardeja pero su verdadero nombre no deja de ser un enigma, tal es así que si le preguntáramos a las gentes del pueblo, cada uno la llamaría de una forma diferente. Una cosa sí es cierta y es que a sus pies están las Covezuelas.

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Localizamos una pequeña dolina perdida en medio de aquellos parajes, se trata de un lugar escondido donde existe una corraleta de piedras de trazado casi circular, dentro moran dos nogales y algunos almendros que hace mucho tiempo que perdieron sus hojas.

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Esta ladera, donde quizás hoy no dé el sol, está completamente nevada y hace mucho frío. Ha bajado tanto la temperatura que ahora es cuando no me arrepiento de haberme abrigado a conciencia. Los arces decoran la ladera.

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Nos sorprende localizar un pozo con su pilón de agua muy fría, evidentemente, tan fría como que la cubre una placa de hielo que supera el centímetro de grosor. Junto al pozo moran algunos chopos que asemejan centinelas, están completamente desnudos y son tan altos que no miro ni para arriba.

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Enfrente, en lo más alto, reconozco el Puerto de la Víbora y ya sé donde estoy, de pasar por allí accederíamos a la Cuesta de Fardela. Giramos a la izquierda camino del Navazo Hondo.

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Se trata de un poljé de forma alargada, casi rectangular, cercado a la diestra y a la siniestra por laderas empinadas tan agrestes que aventurarse por allí es una auténtica locura. Si quisiéramos salir de aquí por el sur, que es lo que verdaderamente pretendemos hacer, no nos quedaría otra que seguir un sendero que serpentea por la ladera que tenemos enfrente.

En lontananza… El Caíllo.

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La nevada debió ser copiosa, tal es así que aún la nieve se mantiene en este paraje. No hemos sido los primeros en subir aquí, las huellas delatan a anteriores visitantes que en fila india han cruzado el llano.

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Otras huellas de menor tamaño salpican la nieve, se trata de cerdos pero de los de cuatro patas que aquí moran. Forman pequeños grupos y se dedican a remover la nieve buscando raíces, bellotas y lombrices. Y por lo que brincan y saltan se lo deben estar pasando de lo lindo.

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Hemos localizado al menos dos sumideros, los arroyos que canalizan las aguas hacia su interior están completamente congelados. Incluso se puede andar sobre el hielo sin que llegue a resquebrajarse, pero nosotros no nos hemos subido.

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En el margen izquierdo, por donde discurre el sendero, hay dos pequeñas fuentes protegidas por una alambrada que impide que el ganado que pulula por allí ensucie sus aguas.

De buenas a primeras el suelo ha crujido a nuestro paso y comprobamos con sorpresa que la nieve oculta maliciosamente una grieta. No conocemos su profundidad y tampoco queremos saberlo, como si de la moviola de un programa deportivo se tratase hemos vuelto sobre nuestros pasos y ya estamos de nuevo en el sendero.

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Nos dirigimos hacia la pared que cierra el navazo al sur, ahí es donde se amontona la nieve y entonces echamos en falta un trineo. Es el lugar idóneo para disfrutar de la nieve y uno de nosotros no desaprovecha la oportunidad.

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Dejamos a un lado los “deportes de invierno” y acometemos la subida hacia el Navazo Alto. Hay tanta nieve en el sendero que no sabemos ni dónde diablos está, no nos quedar otra que seguir el rastro de los que ya subieron o bajaron por aquí.

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Y hemos llegado arriba, donde moran unas encinas, algunas de ellas enormes, asomadas al Navazo Hondo. Me llama la atención el contraste de su negro y rugoso tronco con la blanca nieve. Aquí sopla algo de viento y no es un buen sitio para almorzar.

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Comenzamos a cruzar el Navazo Alto y a parapeto de unas piedras, protegidos de una desagradable brisa que por momentos se torna fría y más fría, damos buena cuenta de nuestros caldos y viandas, sentados en las piedras y rodeados de nieve. “Sin Pepe no somos nadie”.

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Durante el almuerzo el cielo se ha ido cubriendo y todas las posibles tonalidades del gris se han dado cita. Miramos a poniente y tan oscuro se ha tornado el cielo que tememos que nos llueva. En la cima del Caíllo se arremolinan nubes y más nubes. Invierno.

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Tras la ingesta retomamos la marcha y para ello nos proponemos cruzar el Navazo Alto. A estas cotas la nevada ha sido tan copiosa que ha cubierto incluso las pequeñas charcas que visitamos hace dos meses, no queda ni rastro de ellas, ni tan siquiera la más mínima ondulación del terreno que delate su presencia.

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Como por arte de birli birloque han desaparecido las amenazadoras nubes. Antes de abandonar el idílico paraje entramos en tal contienda que llega un momento en que no sabes ni de dónde te va a venir el siguiente bolazo de nieve. Y así hemos estado durante un buen rato, ataviados a lo zagal, disfrutando de lo lindo de la efímera nieve, una nieve que probablemente cuando publique esta crónica no quede ni la muestra.

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Cae la tarde, ha llegado el momento de retomar la marcha. Nos volvemos a poner serios y ajustamos la mochila a la espalda, cada uno la suya. Dejamos atrás el navazo y tomamos el sendero que serpentea por la Sierra del Caíllo camino de Villaluenga.

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Nos esperan vertiginosos desniveles, solo deseamos que el traicionero hielo no nos tienda una emboscada y estropee nuestro deambular por estos hermosos parajes.

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Oteamos Villaluenga, está allí muy abajo, tan abajo que ni tan siquiera distinguimos a las personas. De no haber bajado antes por este lugar me hubiera costado creer que existiera sendero. Pero haberlo, haylo y en él confiamos para llegar hasta el pueblo.

Pronto oímos la algarabía de los niños y el inconfundible ronco ladrido del perro que atado está.

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Albarracín

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Si pretendiera escribir un relato de aventuras esta crónica bien podría titularse “el secreto de la gruta humeante” y es que… bueno, vayamos por partes.

Y allí que dejamos el coche donde muchos lo dejan, caminamos cerca de la carretera por la que todos transitan y nos adentramos en el bosque por donde pocos lo hacen. Comenzamos la subida bajo los árboles, caminamos en la penumbra. Aunque nos movemos en silencio alguien ya sabe que estamos aquí, el ronco ladrido de un enorme perro que guarda una cabreriza delata nuestra presencia. El mirlo huye despavorido en la floresta.

Seguimos en silencio, continuamos subiendo, más y más. A nuestra espalda quedan las más altas estribaciones de la sierra, hoy… no son nuestro objetivo.

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Muchas veces he subido a donde vamos y cada ocasión ha sido diferente. Pepe abre camino siguiendo a rajatabla lo que le marca la raya magenta de su dispositivo señalador, yo le sigo sin rechistar y Miguel… también.

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Se abre el bosque, a nuestra izquierda están las ruinas de la que fuera una gloriosa cortijada, traicionera para quien pretenda conocer sus adentros, amenazadoras tejas a punto de caer, paredes esperando desmoronarse y muros garabateados de gruesas grietas, heridos de muerte, te avisan de que no es de prudentes averiguar qué secretos esconde este lugar.

Dos enormes eucaliptos de ralo follaje hacen las veces de centinela y allí que pace un grupito de vacas con sus tiernos terneros saltarines. El sol se filtra entre las ramas, me gusta lo que veo y disparo. Clic.

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Hemos alcanzado la primera cota del día, una colinita sin más. Casi desnuda y adornada por estratos pétreos alineados en paralelo. Debo reconocer que ahora mismo no sé a que altura estamos, es más… no recuerdo ni la del pico que pretendemos coronar: Albarracín. Y no me importa.

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Lo único que sé es que está allí muy arriba. Un espeso bosque se desparrama por su ladera mientras que la cumbre aparece desnuda ornada de piedras cual corona. Para alcanzar su cima primero debemos bajar de esta colina, cruzar un pequeño llano y acometer el asalto final a la cumbre por una ladera que suponemos empinada. Los buitres nos sobrevuelan.

Antes de iniciar la subida queremos conocer otro interesante lugar, para llegar a él nos hemos plantado a los pies del Albarracín y giramos a la derecha, seguimos un sendero que mantiene una misma cota por la falda de la montaña.

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A la diestra las vistas son impresionantes, el paisaje que nos acompaña es grandioso. A la siniestra… nos sobrecoge la espesura del bosque.

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Un poco más adelante llegamos a una pequeña terraza donde existe lo que casi nos atrevemos a catalogar como charca. Circular, con algo de agua, sin vegetación y casi colmatada de un barro blanquecino, pegajoso y adornado de huellas. Lo que viene siendo una charca, no sé si natural o contrahecha.

Intento captar con mi cámara la charca con la Sierra del Pinar detrás, todo es tan grandioso que no cabe en la imagen, subo de espaldas por la ladera para coger algo de altura, vuelvo a mirar por el visor y compruebo que lo que veo es lo ando buscando, disparo.

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Un escuálido sendero se adentra en lo más profundo del bosque, y tan escondido está todo aquello que casi no llega la luz, nos envuelve la penumbra. El madroño es el dueño y señor de estos parajes, algunos son enormes y a sus pies, cual vasallos, moran lentiscos tan escuálidos que parecen no serlo.

Seguimos adentrándonos en la espesura, caminamos en silencio. A la siniestra localizamos unas piedras, nos aproximamos a ellas y comprobamos que es la entrada a una gruta. Al asomarnos nos sacude una bocanada de aire caliente y espeso, como si hubiéramos abierto un saco de turba. Una gruta humeante, pensamos. Esta cavidad no se presta a ser visitada, no es más que una grieta que nos resulta terriblemente amenazadora.

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Hemos dejado atrás la protección del bosque y avanzamos por un cortafuegos. Lo han repasado recientemente, tanto como que las plantas chaspadas siguen estando verdes.

Vamos arriba y abajo y nos conseguimos localizar lo que andamos buscando, se trata de una cueva que por lo que sé si se presta a ser visitada. Ladera arriba ladera abajo y no damos con ella, maldita sea. A punto estamos de abandonar la búsqueda cuando me han llamado la atención unas piedras.

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Ahí está, la cavidad posee una antesala a la que se accede cómodamente, hasta aquí no deja de ser un mero abrigo. La cavidad se prolonga a la izquierda y por allí que comenzamos a bajar, uno tras otro. A cada paso que damos va dejando de ser abrigo para convertirse en cueva.

Nos quedamos los tres en una pequeña sala, quietos, ponemos especial cuidado en no golpearnos la cabeza. Nos agachamos y observamos que la cavidad se prolonga mucho más allá. Tan allá como que la oscuridad lo inunda todo, en ese momento se disipan como por arte de birli birloque esas ansias exploratorias que teníamos hace un instante y optamos por salir al exterior.

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Porque… que vamos a hacer allí nosotros, sin linterna, sin cuerdas, sin casco, sin arnés, sin ganas…

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Debemos emprender la marcha y alcanzar el objetivo que nos hemos propuesto, este no es otro que tocar la cumbre del Albarracín. Hemos de deshacer lo andado, una vez más nos adentramos en la espesura del bosque, ahora caminamos muy rápido, se nos echa la hora encima, pasamos junto a la gruta humeante y no le hacemos ni caso, dejamos a un lado la charca de blanquecino barro y ni la miramos. Y tan rápido vamos que a punto hemos estado de dejar atrás el sitio por donde debemos comenzar a subir.

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La subida es tediosa, la ladera es empinada como pocas, el sendero es tan resbaladizo que lo evitan incluso las cabras y allí que vamos. A cada paso que doy más me convenzo de que por aquí no podemos bajar. La subidita nos hace perder el resuello y nos detenemos en varias ocasiones para recobrar el aliento.

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Desde un collado previo a la cima la subida ya es coser y cantar. Dos pasos más y estamos arriba. Alcanzamos la cumbre subiendo por las piedras que la coronan y lo que sí agradecemos es que el suelo no esté mojado.

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Una vez arriba comprobamos que las vistas son impresionantes y que se otea hasta lo “traspuesto”.

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Ha llegado la hora de hacer la foto de grupo, despliego mi pequeño trípode y al intentar situarlo caigo en la cuenta de que no hay sitio donde posarlo. Mi idea es que la Sierra del Pinar haga las veces de decorado pero no hay manera, así que opto por fotografiarnos nosotros tres sin que haya nada detrás. Clic. Para el recuerdo.

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Ha llegado el momento de volver al Llano de los Fósiles, ahí es donde pretendemos almorzar. Miguel comenta de subir a Cerro Ponce que está muy cerquita en la misma cresta, cualquier motivo es bueno para no bajar por donde hemos subido.

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Antes de pasar una angarilla para acometer el asalto a esta nueva cumbre nos detenemos a hacer cuentas, entonces comprobamos que entre subir y bajar perderíamos mucho tiempo, lo cierto es que no sabemos ni lo que nos queda para salir de aquí. Optamos por dejar este pico para otro día e iniciamos la bajada del Albarracín.

Almorzamos sobre unas piedras al solecito cual lagartijas, donde habíamos planeado, con la sensación del deber cumplido. Entre dimes y diretes, risas y chistes damos buena cuenta del menú de mochila, mejor dicho del de Pepe, y es que ha sacado una “carne mechá” tan exquisita que cuando escribo esta crónica aún sigo relamiéndome. Y debo confesar que la “carne mechá” jamás fue plato de mi gusto.

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Ha llegado la hora de entonar el “pobredemí” y abandonar estos parajes. Y en esto llevamos casi tres horas de continuas bajadas y subidas e incluso nos hemos caído, yo por lo menos una vez.

Al pasar junto al cauce he recordado aquella ocasión que…

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Garganta del Espino

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Y allí que fuimos a visitar una cascada que nos habían dicho que por aquellos lares existía, tanto empeño pusimos en aquel menester que conseguimos localizarla.

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Para llegar a aquel paraje hubimos de cruzar unos bujeos embarrados y las pergañas en las botas casi convirtieron nuestro caminar en una penitencia. En las piedras del camino nos quitábamos algo de barro, tarea que servía para bien poco ya que no habíamos andado ni diez metros y volvíamos a estar otra vez igual. Y así fue nuestro deambular por aquellos parajes, lento y pesado, hasta que el sendero se encajonó entre dos enormes piedras, pasamos al otro lado y todo cambió.

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Nos rodeó una vegetación exuberante. Oímos un arroyo que bajaba alegre entre adelfas, alisos y lentiscos, la algarabía de los pajarillos en la floresta, el cielo gris amenazando lluvia y la humedad que reinaba en aquel paraje nos hicieron caer en la cuenta de que aquel sitio no nos defraudaría.

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Pero lo que más nos llamó la atención fueron las enormes formaciones de arenisca que surgían de la espesura del bosque. Cubiertas de líquenes y de formas caprichosas, todas ellas modeladas por el inexorable paso del tiempo.

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Y allí que fuimos aguas arriba buscando la cascada de la que nos habían hablado. Las formaciones pétreas estaban dispuestas de tal forma que asemejaban murallas. Cual paredes inexpugnables se encargaban de proteger lo que atesoraba aquel lugar.

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El estrépito del agua nos avisó de que el lugar que andábamos buscando no debía estar lejos. Iba en cabeza y tras un repecho conseguí dar con ella, me quedé boquiabierto ante lo que vi, supe que la imagen de aquella cascada de aguas bravas que se precipitaba desde lo más alto… perduraría durante mucho tiempo en mi retina.

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Sentados en unas piedras que presiden aquel espectáculo nos hicimos una foto para el recuerdo. Con la cascada a nuestras espaldas.

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Y ya que estábamos allí decidimos explorar los alrededores, comenzamos a subir por una empinada ladera poblada de jaras y algún que otro alcornoque, y tanto empeño pusimos en aquella empresa y durante tanto tiempo que cuando nos detuvimos y echamos la vista atrás caímos en la cuenta de que habíamos subido una “jartá”.

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Tanto subimos que la impresionante cascada dejó de serlo y desde aquellas alturas no fue más que un ridículo salto de agua, perdido allí abajo en lo más profundo de la garganta.

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El matorral se cerró tanto que se hizo impenetrable y en ese momento decidimos volver por donde habíamos venido. Y en la bajada, poco a poco, nos volvimos a adentrar en la espesura del bosque y una vez más el sonido del agua lo inundó todo.

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Nos propusimos vadear el arroyo mas sus aguas eran tan turbulentas que en un primer intento no nos pareció que aquel fuera el lugar más idóneo para hacerlo. Buscamos alternativas y allí que me vi en medio del cauce agarrado a una adelfa, manteniendo a duras penas el equilibrio, viendo pasar el agua. Miramos a la otra orilla y allí nos esperaba una enorme piedra inclinada, húmeda y resbaladiza, dispuesta de tal forma que de saltar al otro lado habríamos perdido, repechando, todas las uñas de los dedos de las manos y quién sabe si también las de los pies.

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No nos pareció buena idea vadear aquel impetuoso arroyo, ya teníamos un motivo para volver en otra ocasión con la esperanza de que el caudal fuese menor.

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Basura de altura

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Se me amontona la faena, varias crónicas de naturaleza están a punto de quedarse para siempre en el tintero y eso… no puede ser. Otros menesteres me obligan a relegar mi mimado blog, la joya de mi particular corona, al que tantas y tantas horas he dedicado y eso… no puede ser.

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Y para reactivar de algún modo lo que son las crónicas de mis andaduras voy a comenzar por la que tengo más fresca, más reciente y cuyas imágenes aún conservo en la retina. Desde luego la imagen que no se me va a olvidar nunca es la de aquella pared vertical, casi cortada a cuchillo, tan alta, tan alta que no atiné a ver su cumbre, ni tan siquiera en la dirección en la que estaba. Y por allí… teníamos que subir.

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Comenzamos a andar donde el pueblo deja de serlo y seguí sin rechistar a mis compañeros que iban en cabeza. Esparragueras ornadas, caducas cornicabras, encinas remangadas y algún que otro discreto altramuz hediondo nos saludaron al pasar. Los lirios ponían la nota de color con sus tonalidades azules.

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Debo confesar que por mucho que escudriñé aquella ladera no conseguí adivinar por donde discurría la senda, pero era evidente que debía estar ahí. Fuimos subiendo y subiendo, nos deteníamos de vez en cuando a recobrar el aliento.

En uno de aquellos rengues miré hacia el este y en lontananza identifiqué muchos picos, los fui nombrando de viva voz: Palo, Salamadre, Mojón Alto, Martín Gil, Puntal de la Raya…

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El sendero zigzagueaba por la empinada ladera y fuimos cogiendo mucha altura, el pueblo se fue haciendo más y más pequeño, tanto tanto… que su plaza de toros alcanzó el tamaño de una moneda de veinte céntimos, abollada. Dejamos de oír la algarabía de los niños y el claxon del coche del panadero. El silencio de la naturaleza reinó en aquellos parajes y en el cielo nos sobrevolaron varios buitres que trazaron una línea tan recta… que ni con la mejor de las reglas.

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Y nosotros continuamos con nuestro cometido que no era otro que subir y subir hasta alcanzar la cima de la montaña en la que estábamos. A poco de llegar a un puerto que nos llevaría a la otra vertiente el sol nos había recalentado tanto el lomo que hubimos de deshacernos de algunos de nuestros ropajes.

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Y llegamos al Navazo Alto, pintoresco lugar tapizado de hierba, ornado de majuelos pinzados cual bonsáis y salpicado de efímeras charcas de agua fría. A la izquierda estaba nuestro objetivo tras un collado que vimos en la lejanía, allí muy arriba.

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Cruzamos aquel poljé donde descansaban algunas vacas con los ojos entrecerrados, no nos hicieron ni puñetero caso, ni tan siquiera nos miraron y siguieron rumiando y rumiando, qué aburrimiento. Lo que vienen siendo cosas de vacas.

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En cambio los mulos levantaron esa cabeza que tienen coronada de enormes orejotas y nos miraron sorprendidos, e incluso uno de ellos avanzó hacia nosotros con la intención de mendigar algún mendrugo de pan, abrí los brazos en cruz y se detuvo, bajó la testa y continuó pastando, qué aburrimiento. Cosas de mulos.

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Cuando la bestia volvió a sus quehaceres nosotros nos dedicamos a los nuestros. Me propuse hacer una foto de grupo y dispuse figurantes de tal forma que la Sierra del Endrinal hiciera las veces de decorado y allí que posamos, en formación de escalera sobre la hierba, mirando al pajarito. Cosas de “excursionistas”.

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Y continuamos subiendo con la mochila a la espalda, la cámara colgada del cuello y el bastón en la mano derecha. Pasamos junto a dos encinas gemelas de grueso tronco. A nuestra izquierda quedó una formación de terra rossa.

A la diestra una soleada ladera salpicada de valientes encinas achaparradas y a la siniestra un húmedo cortado de escarpadas paredes que, desde que el mundo es mundo, jamás conoció sol. Y allí moraba una hiedra aferrada a las grietas de aquel lugar con su inconfundible follaje verde brillante.

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Mientras subía le pedí a Selu que me hiciera una foto con mi smartphone para enviársela a mi familia por WhastApp y el tío me hizo hasta caso.

Llegó el momento de pasar una alambrada y la angarilla estaba tan alta que hubimos de subirnos al muro de piedras. Una vez al otro lado, nos colamos entre los majuelos y nos detuvimos en una terraza que había antes de llegar arriba.

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Acometimos el asalto final a la cima por una ladera húmeda y sombría, con un suelo tan resbaladizo y traicionero que pusimos los siete sentidos en no caer. En ese momento ni tan siquiera pensé en la bajada que haríamos por este mismo sitio y que evidentemente sería mucho más complicada.

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Caíllo. Y llegamos al monolito que corona su cumbre, pintado con tres rayas horizontales, dos verdes y una blanca. Me sorprendió encontrar allí, en lo más alto los envoltorios de unas galletitas o no sé qué mierda de alimento mineralizante y vigorizante, maldita sea dije para mis adentros, hasta aquí había subido alguien a tirar sus porquerías, lo que vienen siendo “cosas de guarro” propiamente dichas. En ese preciso instante pensé en la cantidad de sitios que tiene uno para meterse los envoltorios. BASURA de ALTURA.

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A levante solo atinamos a ver la silueta de las montañas que se perdían en la lejanía y hacia el norte sí pudimos deleitarnos con la belleza del paisaje, a nuestros pies la Cuesta de Fardela muy iluminada, a lo lejos la Sierra del Pinar muy alta, casi tocando el cielo, unas nubes blancas acariciaban delicadamente el Torreón y el San Cristóbal.

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Y llegó la hora de la comida y el momento de bajar de la resbaladiza cumbre. Así que poco a poco, poniendo especial cuidado en no caer conseguimos llegar a la terraza que la antecede. Allí sentados sobre unas piedras dispuestas a modo de merendero dimos buena cuenta de nuestro exclusivo menú de mochila.

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La sobremesa duró bien poco, lo cierto es que no teníamos muy claro por dónde íbamos a volver, pronto caería la tarde. Nos echamos la mochila a la espalda y emprendimos el camino de vuelta. Volvimos a sortear la alambrada por la angarilla, sí, esa que estaba en alto sobre el muro de piedras y continuamos bajando. Allí, junto al muro de piedras apiladas, una vetusta encina de tronco resquebrajado que hacía las veces de centinela nos dejó pasar.

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Oteamos desde nuestra posición privilegiada el Navazo Alto, uno de los más bellos lugares que atesoran estos parajes.

Cuando llegamos al navazo optamos por bajar por otro lado, se trataba de rodear la mole pétrea que teníamos enfrente. No teníamos muy claro el sendero a seguir pero sí el sitio hacia donde debíamos ir. Cruzamos el poljé y al subir por un repechito nos adentramos en un lugar solitario como pocos donde reinaba la penumbra.

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Un cortado de perfil aserrado nos cerraba el paso a la derecha. Era un paraje lúgubre, húmedo y sombrío. Un desprendimiento había dejado a la luz las entrañas de la montaña, de color blancuzco, allí en lo más alto.

Al salir de un pequeño bosquete de majoletos nos topamos con una ciclópea piedra en medio del sendero. Se había desgajado de la montaña y allí yacía, enorme, inabarcable, blanca, pulcra, sin estar aún colonizada ni por musgos ni líquenes. Dispuesta de tal forma que daba la impresión de que todavía no se había detenido en su caída. Se había desprendido de la pared arrasando con cuanto había encontrado a su paso.

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Hubimos de sortear una angarilla más, no sería la última. En una pequeña dolina una vaca amamantaba a su ternero mientras otros dos observaban cómo lo hacía. Para no molestarlos seguimos hablando tranquilamente, sin hacer aspavientos y bordeamos el pequeño prado. Nos vio venir, nos siguió con la mirada mientras pasábamos cerca y miró para otro lado cuando ya habíamos pasado. Todo quedó tal y como nos lo habíamos encontrado.

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Dejamos atrás aquel lugar sombrío, el agradable sol del atardecer iluminó nuestro camino. Visitamos un pozo del que no recuerdo su nombre, sí me llamó la atención que el agua estuviera muy cerca de la superficie.

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En los alrededores, entre las aulagas, buscamos una fuente y conseguimos localizarla. Tampoco recuerdo su nombre.

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A partir de ahí ya todo fue bajar y bajar, el sol nos caldeó la frente mientras nos movíamos por aquella empinada ladera, quedaba menos de una hora de luz y debíamos abandonar aquellos parajes cuanto antes.

Llegamos a otra angarilla, una que ya habíamos visto por la mañana, en un principio no nos pareció que se tratara de la misma. Se erigía junto a un cortado cuya sola visión nos erizó el pelo.

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De hecho me sorprendió la extrema verticalidad del paraje por donde habíamos subido por la mañana, ahora en la bajada, desde nuestra perspectiva, esos desniveles nos parecieron mucho más acusados.

Volvimos a oír la algarabía de los niños y el ladrido de los perros.

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Anacoretas de piedra

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Aunque hoy hemos dado el pistoletazo de salida a la temporada de senderismo, hace poco estuvimos calentando motores en Villaluenga del Rosario. Aquella primera toma de contacto fue un agradable paseo de la mano de alguien que conoce bien los secretos que atesora La Manga, mi amigo Selu.

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Y me mostró lugares que no conocía, me llamó especialmente la atención un enorme promontorio pétreo al que llaman Frailuco y que desde la carretera no atinas a identificarlo a no ser que sepas dónde está e incluso sabiéndolo… dudas de su localización exacta pues permanece mimético y quieto en aquella escarpada ladera donde mora viendo pasar el tiempo, impasible, discreto.

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Dejamos atrás una impresionante pedrera que se desparramaba desde lo más alto de La Manga y con el dedo me señaló la entrada a una gruta, a una caverna, a una cueva, a una cavidad, bueno… que cada uno la llame como le venga en gana, yo voy a emplear el término “caverna”, porque me gusta.

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Franqueamos aquella negra boca “pintada” en la pared y accedimos a una primera sala que permanecía cálidamente iluminada por los rayos de sol que se colaban a nuestra espalda. Allí un mazacote de piedra adornaba el techo de tal forma y a tan escasa altura que si no andabas con tiento te golpeabas la testa.

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Y decidimos adentrarnos un poquitín más en las entrañas de la tierra. Llegamos a un pasadizo tan estrecho, tan estrecho… que me quedé atascado y  para seguir adelante hube de descolgarme a duras penas la mochila. Iba en cabeza, subí por lo que parecían unos resbaladizos escalones y accedí a otra sala, de buenas a primeras me rodeó la más completa oscuridad. En ese preciso instante deseé que allí no morase nada ni nadie.

Permanecí quieto y poco a poco mis pupilas se dilataron, entonces conseguí distinguir tonalidades, siluetas y sombras en las paredes de la caverna, miré al techo y no alcancé a verlo y en ese momento ni tan siquiera quise saber a qué altura estaba. Humedad, bajó la temperatura.

Eché mano a mi smartphone pero su ridícula linterna sirvió para bien poco. Voces a mi espalda acompañadas de unos nerviosos haces de luz me avisaron de que el resto de la comitiva subía por los escalones hasta donde yo estaba.

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A la luz del único frontal que teníamos nos deleitamos con la discreta belleza de aquel lugar y nos sorprendió comprobar lo que el agua y el paso del tiempo habían sido capaces de esculpir en aquella caverna. Y los cuatro nos quedamos boquiabiertos escudriñando lo que el haz de luz nos fue mostrando.

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Casi tan boquiabiertos como estamos ahora. Usamos la mano a modo de visera y oteamos en la lejanía un impresionante tajo calizo que ocupa todo el horizonte. Este sol mañanero que tenemos delante solo nos permite ver su caótica silueta de aserrado perfil. Por allí hemos de pasar al otro lado.

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Caminamos entre longevas encinas por un paisaje ondulado, las tonalidades doradas del suelo indican que lo poco que ha llovido no ha sido suficiente para que despierte la “otoñá”.

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Nuestro caminar se torna alegre, avanzamos rápido, el terreno es cómodo. El cortado calizo está cada vez más cerca. Llegamos a un punto donde no nos molesta el sol, estamos a la sombra del tajo. Esta pared pétrea vertical cortada a cuchillo se nos antoja inexpugnable.

Y de tanto escudriñar aquella pared que nos cierra el paso conseguimos localizar su punto débil. Allí arriba, por la única grieta grande que la decora se adentran unas valientes encinas y consiguen pasar al otro lado. Forman un denso bosque que parece tomar al asalto aquella fortaleza como si de tropas del medievo se tratara.

Y me gusta lo que veo, pero más me gusta lo que no llego a ver. Mi imaginación vuela mas no consigo adivinar lo que ocultan aquellos parajes, allí detrás, al otro lado. los Frailecillos.

Nos hemos plantado a los pies del cortado calizo y nos adentramos en el bosque de las valientes encinas. Caemos en la cuenta de lo caótico del lugar. Tal es así que no nos queda otra que usar ambas manos para subir por las piedras cubiertas de húmedo musgo. Estas piedras que descansan a la sombra de las encinas son el derrumbe de la grieta por la que pretendemos colarnos.

Y la subida se torna tan complicada por aquellas resbaladizas piedras que el 50% de la “expedición” opta por no seguir adelante. El resto de la comitiva ni tan siquiera mira abajo y sigue subiendo, nos hemos propuesto pasar al otro lado por la puñetera grieta y lo vamos a conseguir. Llegamos a una alambrada que nos sorprende que esté aquí, con una angarilla tan alta que para abrirla hemos de trepar por la pared en la que está.

Atrás queda la angarilla y su soga negra que hace las veces de manoseado cerrojo. Cuando la pendiente deja de serlo localizamos vestigios de algunas construcciones bajo las encinas. Son recios muros de piedras apiladas de algo más de un metro de altura.

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El bosque ralea a poco de llegar a la cumbre. Dos pajarracos nos sobrevuelan tan cerca que llegamos a oír el siseo de sus alas. Ya casi hemos llegado arriba cuando decidimos hacernos una foto de minigrupo.

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Debo reconocer que desde este lugar las vistas son impresionantes. Hemos coronado la mayoría de los picos que oteamos en lontananza, algunos de ellos incluso varias veces.

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Los llanos del Burfo, Cabrizal, Apeo y del Zurraque están a nuestros pies. En el llano del Zurraque atinamos a ver al otro 50% de nuestra particular “expedición”, son solo dos pequeñas líneas verticales que se mueven lentamente.

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Ahora, ha llegado el momento de confesaros que subir a esta cumbre no era el objetivo. Hemos venido hasta aquí para explorar unos abrigos que existen en esta misma ladera, mucho más abajo. El año pasado, por estas calendas, ya anduvimos por estos parajes y cuando conseguimos localizar los abrigos era tan tarde que abandonamos raudos el lugar antes de que nos sorprendiera la noche y no conseguimos ver nada.

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Cambiamos de rumbo e iniciamos la bajada. Comprobamos de primera mano que aquí la palabra “sendero” no existe, no nos queda otra que ir bajando con cuidado entre afiladas lajas ocultas entre ásperas gramíneas, creo que se trata de atocha pero lo cierto es que no les presto mucha atención.

Estamos a media ladera cuando, una vez más, volvemos a cambiar de rumbo para situarnos debajo de donde habíamos tocado cumbre. Sorteamos un muro de piedras por un derrumbe y conseguimos localizar el primero de los abrigos, es pequeño y no encontramos nada que nos llame la atención.

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Un poco más adelante está el que verdaderamente nos interesa, es enorme, sin fisuras ni oquedades, de paredes que parecen estar arañadas y un suelo tapizado de excrementos de cabra que dentro de veinte años seguirán estando ahí, los mismos.

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Me parece el sitio ideal para hacernos otra foto y… como ya no tengo trípode pues se partió arriba, en esta misma cumbre, apoyo la cámara sobre la mochila, dispongo figurantes, encuadre, temporizador y clic.

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Salgo del abrigo y miro hacia arriba, me sorprende comprobar que la pared es mucho más alta de lo que había imaginado. En la cima varias encinas y algún que otro arbusto se aferran a las piedras desafiando al mismísimo Newton.

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Y ya que estamos aquí continuamos explorando esa pared un poco más allá. Varios desprendimientos han salpicado la ladera de enormes piedras, andar por aquí es harto complicado. Trepamos a las más grandes, escudriñamos la pared pero no conseguimos localizar ningún otro abrigo.

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Y llegados a este punto debemos decidir por dónde continuamos bajando. Dudamos de hacerlo por dónde ya sabemos o por aquí mismo, campo a través, como los valientes. Entre dimes y diretes optamos por hacerlo por el lugar que ya conocemos.

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Cuando hemos llegado abajo del todo miramos atrás y nos agrada comprobar que nuestra decisión fue la acertada, de haber optado por bajar a las bravas nos hubiéramos encontrado con unos cortados que no habríamos podido salvar y quién sabe si aún estaríamos allí, en los Frailecillos.

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Temporada 2015-16

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Mucho ha dado de sí esta temporada donde hemos tenido el privilegio de recorrer unos parajes únicos de excepcional belleza. Cuando volvía de cada una de mis andanzas lo hacía pletórico, ávido de narrar la experiencia y cada semana me empeñaba en redactar la crónica haciendo de este menester el más acertado de los bálsamos.

Y vaya aquí la más entrañable de las dedicatorias a mis compañeros de aventura por formar parte de estos… mis singulares relatos.


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CAPILEIRA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/07/22/capileira/

Ya ha caído la noche y el pueblo dormita, aprovecho este instante en la tranquilidad de mi habitación para escribiros unas breves líneas. Solo deciros que, después de varias horas de viaje, hemos llegado sin problemas a este pequeño pueblo enclavado en el corazón de la Alpujarra. Bien sabéis del motivo de mi venida a estas lejanas tierras del este. Mañana será el gran día.

Hasta aquí nos ha traído una angosta carretera de montaña que ostenta el galardón de poseer todos los tipos de curvas del catálogo, es más, una de ellas de corte tan cerrado que nos dio la impresión de haber entrado en un bucle.”


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MULHACÉN

https://sotosendero.wordpress.com/2015/07/24/mulhacen/

Otra vez me decido a escribiros unas líneas. Hoy es el gran día. Desde las 7 de la mañana estamos en planta. Hemos desayunado en un bar que hay enfrente, al otro lado de la calle, entremezclados con la gente del pueblo. 

En las oficinas del Servicio de Interpretación Ambiental de Altas Cumbres hemos esperado pacientemente que llegue el bus lanzadera que nos va a llevar allí arriba, al Alto del Chorrillo. Hace calor, casi tanto como ayer. Miro a mi alrededor y compruebo que…”


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STERNBERGIA COLCHICIFLORA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/01/sternbergia-colchiciflora/

“No daba crédito a lo que tenía ante mí, qué desastre. Todas las Sternbergia colchiciflora presentaban sus pétalos partidos y algunas de ellas… ni tan siquiera estaban. Parecía mentira que el día anterior las hubiésemos estado fotografiando y hoy no quedase ni un solo ejemplar en buenas condiciones.

En principio no supe qué había ocurrido. Me apoyé en una piedra y la noté húmeda, me sorprendió ver agua en sus huecos, pronto se despejaron mis dudas. Un virulento chaparrón caído durante la noche había hecho de las suyas siendo el culpable de tal desaguisado. Devastación.”


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LA ROCA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/07/la-roca/

“Pues no supe lo que era “guardar silencio” hasta el otro día, y me refiero a guardar silencio… pero de verdad. En la escuela nos mandaban callar y siempre se oía un susurro, un lapicero que se cae, una risa contenida…, y en el ejército… pues más o menos lo mismo, pero con el pelo corto.

Las instrucciones fueron escuetas, debíamos permanecer en completo silencio. Avancé encorvado por aquel túnel hasta llegar a la tronera que me habían asignado. Me descolgué la mochila y la dejé en suelo. Abrí la silla pegable, pleglable, uhmmmm… vaya, ple-ga-ble, ahora sí, y me senté.

Monté el trípode, le ajusté el “armamento” y me quedé quieto. Todos hicieron lo mismo.”


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FUENTEANDO

https://sotosendero.wordpress.com/2015/10/17/fuenteando/

“No le ha costado mucho esfuerzo convencernos, su propuesta suena muy interesante, tanto… como que a poco ha estado de contagiarnos esa afición suya de catalogar fuentes y manantiales. Hoy, Selu, a modo de maestro de ceremonias, nos propone… pues localizar fuentes. Y yo te invito a que nos acompañes en esta nueva aventura.

Atrás ha quedado la Venta Julián, allí compré un bocadillo de jamón y me lo entregaron envuelto dentro de una bolsa, con tanto misterio que… no me he atrevido ni a ver su contenido, solo lo he sopesado, consistente. Debo reconocer que después, durante la caminata, me acordaría varias veces del bocadillo anhelando que llegara la hora del almuerzo para dar buena cuenta de él.”


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CASTAÑAR DE PUJERRA

https://sotosendero.wordpress.com/2015/11/11/castanar-de-pujerra/

“No oigo nada, siento una suave brisa en la cara. Lentamente entreabro los ojos y me llaman la atención las tonalidades doradas de todo cuanto me rodea. En un principio no sé dónde diablos estoy ni qué hago aquí, vuelvo a cerrar los ojos. Tranquilidad.

Extiendo el brazo y con la mano palpo un suelo tapizado de ásperas hojas, quebradizas, de bordes aserrados, o por lo menos… eso me parece. Ahora ya sé que estoy tendido en el bosque, pero dónde.”


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MONTE PRIETO

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/03/monte-prieto/

“Finales de Noviembre. Cielo azul intenso, despejado. Es muy temprano. En esta umbría el termómetro marca 5º C. No sopla viento, verdaderamente hace frío, tanto como que me he encasquetado aquellos guantes que hace dos años llegaron de oriente, y se agradece.

Al otro lado del Puerto de la Palomas el sol baña las montañas, aquí… caminamos en la sombra, ateridos. En una de las muchas curvas que serpentean montaña arriba hemos aparcado el coche.”


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ALJIBES Y PILONES

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/10/aljibes-y-pilones/

 “Aquí estoy subiendo una cuesta con la mochila a la espalda, mirando al suelo y ahora que lo pienso… me han vuelto a engatusar. Aunque si os soy sincero debo reconocer que no les ha supuesto demasiado esfuerzo conseguirlo. Somos cuatro y yo no llevo la voz cantante. Ni tan siquiera me he aprendido la lección de este interesante lugar a donde nos dirigimos, para empezar porque no he tenido tiempo. Solo sé que se trata de una zona abrupta localizada entre La Manga de Villaluenga y la Garganta de Barrida.

Te invito a que nos acompañes en una nueva aventura, a visitar unos recónditos parajes que atesoran vestigios del paso del hombre por estas tierras. Auténticas joyas de la arquitectura tradicional que se están desmoronando, literalmente, con el inexorable paso del tiempo.”


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CERRO MALAVER

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/17/cerro-malaver/

“Este pinar es monótono como pocos, parece no tener fin. Ya estamos hartos de subir y no hemos hecho más que empezar. Comenzamos a sudar. Llegamos a las ruinas de un cortijo, en la puerta existe una higuera, aún a medio vestir, que hace las veces de centinela. Varios altramuces del diablo en flor moran en el interior.

Ladera arriba nos topamos con un pozo, seco, colmatado de piedras. El sendero continúa subiendo y de repente ha dado un giro brusco a la derecha, los rayos de sol se filtran entre los troncos.”


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PIEDRAS MUDAS

https://sotosendero.wordpress.com/2015/12/30/piedras-mudas/

“Las tinieblas van inundando estos parajes. La silueta de los árboles se recorta en el cielo. Desde hace un buen rato mi cámara de fotos reposa en la mochila, lo cierto es que ha tenido un día duro y necesita descansar. Ahora me doy cuenta de lo cómodo que es esto del senderismo con las manos libres.

Ha bajado la temperatura, me subo la cremallera hasta la barbilla y cometo adrede la torpeza de meter las manos en los bolsillos del cortavientos, se agradece.

Apretamos el paso para salir cuanto antes de estas montañas y es que… no queremos que nos sorprenda la noche cerrada en estos lugares. Un poco más adelante atinamos a ver las primeras luces del pueblo, tintineantes. El camino empedrado se ha encajonado entre recios muros de piedra. Bajamos en silencio, solo se oye el sonido de nuestras botas.”


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DE NARCISOS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/01/21/de-narcisos/

“Maldito viento. Quién me mandaría a mí subirme a esta piedra donde me la estoy jugando. La punta de mis botas clavada en una pequeña fisura y yo pegado a la enorme piedra de arenisca como si fuera una salamanquesa. Cada instante que pasa estoy más convencido de que no debería haber subido, debería haberme quedado abajo con los demás, oigo sus voces. Y todo para fotografiar una planta tallicorta que se mueve mucho más que yo, maldita sea.

El viento la zarandea y no hay manera de que se quede quieta. En estos parajes el viento de levante impone sus condiciones y el de poniente… también.”


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LA GALLINA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/01/27/la-gallina/

“Mucho ha llovido desde que estuve por última vez en los Montes de Propios, casi 30 años, recuerdo que fue en unas jornadas de naturaleza del Zoobotánico de Jerez, y recuerdo también que subimos al Pico de la Gallina, lo mismito que vamos a hacer hoy.

Para acceder a este lugar hay que contar con la pertinente autorización del ayuntamiento, y hace días recibí un correito con el permiso adjunto, en él indicaba meridianamente claro que debíamos estar a las 8:30 en una cancela cerca del Puerto de la Jarda. Y allí que estábamos casi 20 minutos antes de la hora acordada, para no variar, pasando más frío que “un andalú en Reikiavik”.


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INVIERNO TROPICAL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/01/invierno-tropical/

“Jamás hubiéramos imaginado que aquellas nubes tan adorables, que vimos subiendo por el valle hacia nosotros, desencadenaran semejante tormenta de nieve. Ahora hace mucho frío y no deja de nevar. Los enormes copos parecen no conocer la ley de la gravedad, caen lentamente… como si alguien, allí arriba, estuviera desplumando un enorme capón.

Es tal la virulencia de la nevada que abro la palma de mi mano y rápido se llena de nieve. Deberíamos haber dado la vuelta hace un rato pero ya es demasiado tarde. Lo más probable es que nos hayamos equivocado al tomar esa decisión pero no nos queda otra que seguir adelante. El sendero que seguíamos ha desaparecido y todo es blanco, todo está blanco, el cielo, el suelo, el camino, las piedras e incluso… nosotros.”


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DE BOTÁNICA –  IV

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/04/de-botanica-iv/

“Hemos tenido la suerte de escoger un día que no sopla ni una pizca de viento, y esto nos va a facilitar las cosas. Que cuáles son nuestras cosas… pues las propias del adicionado a esto de la fotografía botánica. Que qué perseguimos… pues captar la esencia de esas plantas que están ahí, en su entorno natural.

No hemos dado ni cuatro pasos y nuestra apasionante labor de rastreo ya ha dado comienzo. Este menester no es otro que escudriñar el entorno, y en esto de escudriñar somos casi profesionales, bueeeeno… unos más que otros. Vistazos rápidos a diestro y siniestro, giros de cuello más veloces aún, vertiginosos enfoques de nuestra “prodigiosa” vista adaptada a estos quehaceres… y nuestra cabezota va procesando lo que le llega, que si formas, que si colores, que si tamaños… hasta que localizamos algo que nos llama la atención, alto.”


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CERRO DE LA ALCAZABA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/11/cerro-de-la-alcazaba/

“Nada más ver aquella profunda grieta un frío intenso me recorrió la espalda, bien podría tratarse de donde, el año pasado por estas mismas calendas, metí la pierna y la nieve me llegó a la cintura. En aquel entonces estos parajes estaban cubiertos de un espeso manto blanco. Una intensa nevada lo había sepultado todo, incluso grietas tan traicioneras como esta que tenía ante mí.

Recuerdo que el frío marcó la pauta, recuerdo que almorzamos en medio de la nada y de pie como las grullas, recuerdo cómo unas gélidas rachas de viento recorrían estos lugares y nos cortaban hasta la respiración. Aquella fue una jornada intensa, memorable, única e irrepetible.”


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IV QUEDADA BLOGUERA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/02/24/iv-quedada-bloguera/

“Ay mis botas, pobrecitas mis botas, vamos a ver si no cogen una buena gripe. Y eso que empezaron el día contentas, alegres y saltarinas. Todavía no nos conocemos bien y no estamos del todo compenetrados. Es la segunda vez que vienen conmigo y no quiero que se acobarden. Aquí estoy acurrucándolas en mi regazo, dándoles un poco de mimo, acariciándolas por fuera con un pañito húmedo y secándolas por dentro con las páginas deportivas del periódico.

Por la mañana temprano ni yo ni mis botas teníamos la más remota idea de dónde nos llevaría Jesús, nuestro particular maestro de ceremonias. Hoy se ha celebrado nuestra IV Quedada Bloguera y mientras que las anteriores han tenido lugar en los Alcornocales…en está ocasión hemos cambiado de escenario y nos hemos ido a la Sierra de Grazalema. Y todo comenzó en Benaocaz ante la encalada fachada del cementerio.”


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NIEVE EFÍMERA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/03/nieve-efimera/

“La noche anterior había nevado y sabíamos que continuaría haciéndolo. Buscábamos una foto que captara la esencia de esas nevadas de efímera nieve que espolvorean la Sierra de Grazalema.

Y para nosotros el día comenzó demasiado temprano, no es que pretendiéramos llegar los primeros sino más bien evitar los atascos y retenciones de tráfico en las sinuosas carreteras serranas.

Camino de los Charcones. Llevábamos andando un buen rato y aún no me había colgado la cámara del cuello. La intermitente aguanieve me obligó a mantenerla dentro de su funda. Hacía frío, y cuando soplaba el viento… aún más. La carretera, arriba a nuestra derecha, estaba tranquila, no sospechaba la que se le vendría encima horas más tarde.”


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PEÑÓN DE LOS ENAMORADOS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/16/penon-de-los-enamorados/

“Nos habíamos propuesto subir al Peñón de los Enamorados, en un principio barajamos la posibilidad de hacerlo desde Puerto Saucillo, y en eso estábamos… preparando la expedición cuando entre nuestros apuntes apareció un topónimo muy sugerente: Hoyos de la Caridad, seguimos indagando y saltó a la palestra otro que lo era mucho más: Cañada de las Animas, y la cosa se puso muchísimo más interesante cuando supimos que por aquellos lares también existía una oquedad que podíamos visitar, la Cueva del Manijero.

En nuestro análisis de toda la información que teníamos por delante también fuimos conscientes de que en un tramo concreto de la ruta tendríamos que salvar una altura de 480 metros en poco más de 3 km., pronto pasamos página en este punto e hicimos como que no nos habíamos enterado de nada. Íbamos a seguir adelante, comenzaríamos a caminar en Quejigales y nada nos iba a echar atrás, ni ese maldito desnivel que pensándolo bien era una auténtica barbaridad.”


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TRAFALGAR BOTÁNICO

https://sotosendero.wordpress.com/2016/03/24/trafalgar-botanico/

“Hace años que el doble tómbolo de Trafalgar dejó de existir. Aquellos arenales costeros que habían atesorado una comunidad vegetal tan interesante ahora reposaban bajo las aguas. Y es que el nivel del mar había subido tanto que solo era visible la parte superior de las ruinas del faro, además la altura del Acantilado de Barbate se había reducido a la mitad…

Esto se me pasó por la cabeza cuando calibré los efectos que provocaría en esta parte del litoral la subida del nivel del mar como consecuencia, una más, del cambio climático.

Y pensaba en todo esto mientras nos aproximábamos a la primera línea de costa por aquel interminable camino vecinal. La lluvia de la noche anterior había llenado de agua los socavones, y había tantos agujeros en el carril que daba la impresión de que había sufrido una auténtica lluvia de meteoritos.”


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MARZO MARCEA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/07/marzo-marcea/

Ha pasado un mes desde que acarreó aquellas cajas repletas de libros y carpetas de casa del abuelo. A pesar de que se propuso firmemente clasificar su peculiar herencia solo fue capaz de echarle un vistazo a una de aquellas manoseadas carpetas, concretamente a la titulada “Pinsapar desaparecido VdR-SGHN”.

En aquel entonces le cautivó la lectura de aquellas anotaciones, gracias a aquellos documentos supo que su antepasado fue un aficionado a la botánica, que participó en la recuperación de un abeto que existía en el sur y que, cuando llegaba la primavera, gran parte de su tiempo libre lo empleaba en fotografiar las plantas del entorno, entre otras cosas.”


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NAVAZO CHICO

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/14/navazo-chico/

“Hasta donde se pierde la vista en estas fértiles tierras de suaves colinas, cultivos y cortijos se alternan decorando el paisaje. Hace un buen rato que circulamos por una estrecha carretera que parece no tener fin. Y no hay nadie.

El cielo está gris, completamente gris. Comienza a llover una vez más, el cortijo que veíamos hace un instante en lo alto de la loma ya no está. A través de la luna del parabrisas vemos cómo se aproxima una cortina de agua que difumina las siluetas y va engullendo el paisaje a su paso.

En el mismo borde de la calzada algo me ha llamado la atención, algo esbelto, algo blanco. He detenido el coche en el arcén, espero a que amaine el aguacero, y cuando solo chispea me he bajado con la cámara en ristre, compruebo que se trata de una Linaria hirta, es la segunda ocasión que me topo con esta hermosa especie de tan solitarias costumbres.”


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HOYO DE LA CAL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/04/26/hoyo-de-la-cal/

“Apoyé la mano en la enorme piedra que franqueaba el paso en aquel puerto perdido en medio de las montañas, miré al otro lado y supe que no nos habíamos equivocado, era el lugar que andábamos buscando.

En ese preciso instante respiré tranquilo, y es que no las había tenido todas conmigo. La noche anterior había estado revisando ortofotos de la zona hasta bien entrada la madrugada. Llegué a localizar hasta tres posibles pasos por donde cruzar aquellas montañas. Pronto descarté uno de ellos, era tan recto que parecía trazado con tiralíneas y caí en la cuenta de que bien podría tratarse de un capricho geológico.”


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ABRIL AGUAS MIL

https://sotosendero.wordpress.com/2016/05/07/abril-aguas-mil/

“Hasta donde alcanza la vista las incontables tonalidades del verde se alternan con el gris de la piedra caliza. Miras alrededor y solo alguna que otra encina osa poblar estas resquebrajadas laderas. El caos geológico que tengo ante mí es tal… que no me animo a subir a ninguno de los picos que nos vigilan. Además… el calor aprieta.

Continuamos por la senda y nos vamos a centrar únicamente en fotografiar plantas tallicortas que es a lo que hemos venido. Hace un rato que dejamos atrás el nacimiento del Guadalete y el bosque de pinos que lo escolta.”


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ALCOJONA

https://sotosendero.wordpress.com/2016/05/18/alcojona/

“Nuestro objetivo lo teníamos delante, ahí mismo, iluminado por la cálida luz del amanecer. Debíamos acometer la subida por la izquierda siguiendo la línea del horizonte. Y aquella suave silueta de contornos amables nos engañó, de hecho nunca imaginamos que en esta vertiente ni tan siquiera existiera un sendero y que al otro lado, mucho más agreste, sí lo hubiera.

Y en la vertiente que no se ve, a la vuelta, debo reconocer que llegó un momento que estuve a punto de revolear la mochila y se me hizo tan tediosa la subida que ya iba pensando que el próximo fin de semana no saldría al campo.

Mientras subía resoplando comprendí porqué en interné había pocas fotos de aquella ladera, si a mí se me pasó por la cabeza revolear la mochila otros probablemente ya lo habrían hecho antes con la cámara de fotos dentro.”


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1.569 METROS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/06/09/1-569-metros/

“Muchas veces subí a este pico pero jamás por estas calendas. Todas y cada una de las veces que me propuse tocar su cumbre la experiencia fue diferente. Recuerdo haber ido solo, acompañado, lloviendo, haber subido con viento, también bajo un sol de justicia e incluso en cierta ocasión… nevando. Esta crónica es un tributo a este emblemático pico, una de las cumbres más altas de la provincia. Un pico que ha presidido desde lo más alto, a modo de Ángel de la Guarda, algunas de mis singulares andanzas montañeras. Simancón.

Son las diez de la mañana y ya vamos por la Cañada de Mahón hacia nuestro primer objetivo, el Puerto del Endrinal. La temperatura es muy agradable sin que llegue a hacer calor. La luz de esta hora del día ilumina de lleno el Peñón Grande, a nuestra derecha. Caminamos en silencio a la sombra de los enormes pinos. Hace unos diez minutos que dejamos atrás la restaurada era, testigo mudo de aquel entonces en que las cosas se hacían de otra forma siguiendo tradiciones olvidadas en el tiempo.”


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SIETE LAGUNAS

https://sotosendero.wordpress.com/2016/06/23/siete-lagunas/

“Este fino polvo que levantan nuestras propias botas nos hace toser de vez en cuando. Las tonalidades del polvoriento sendero se han adherido a la vestimenta y de rodilla para abajo todo es el mismo color.

Llevamos tantas horas bajando de la montaña que temo haber olvidado cómo se sube una escalera. Maldita sea, esta bajada parece no tener fin. Iniciamos el descenso después de almorzar, son más de las siete de la tarde y aún continuamos. Por ahí arriba ya debe quedar poca gente, es más… probablemente seamos los últimos, como siempre.

Me he rezagado a posta y mis compañeros caminan delante, por un instante he perdido la concentración y le he dado tal patada a una piedra que he visto hasta las estrellas. Me he detenido en medio del sendero y a punto he estado de quitarme la bota para comprobar si las uñas siguen en su sitio, y entonces me he dicho que para qué, para bajar renqueante… no no, opto por seguir ladera abajo, y ya tendré tiempo de evaluar daños, poco a poco, a cada paso que doy parece que el dolor va desapareciendo, seguimos bajando… y bajando.”


Y esto… se acabó. 

 

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Siete Lagunas

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Este fino polvo que levantan nuestras propias botas nos hace toser de vez en cuando. Las tonalidades del polvoriento sendero se han adherido a la vestimenta y de rodilla para abajo todo es el mismo color.

Llevamos tantas horas bajando de la montaña que temo haber olvidado cómo se sube una escalera. Maldita sea, esta bajada parece no tener fin. Iniciamos el descenso después de almorzar, son más de las siete de la tarde y aún continuamos. Por ahí arriba ya debe quedar poca gente, es más… probablemente seamos los últimos, como siempre.

Me he rezagado a posta y mis compañeros caminan delante, por un instante he perdido la concentración y le he dado tal patada a una piedra que he visto hasta las estrellas. Me he detenido en medio del sendero y a punto he estado de quitarme la bota para comprobar si las uñas siguen en su sitio, y entonces me he dicho que para qué, para bajar renqueante… no no, opto por seguir ladera abajo, y ya tendré tiempo de evaluar daños, poco a poco, a cada paso que doy parece que el dolor va desapareciendo, seguimos bajando… y bajando.

Cae la tarde, ni tan siquiera sabemos qué nos queda para llegar a Trevelez, y entre alpargatazo y alpargatazo pienso en todo lo que ha dado de sí el día. El esfuerzo de esta tediosa bajada que antes fue agotadora subida nos ha permitido visitar unos parajes de ensueño. Y bajo realmente pletórico, en un principio dudé de poder llegar arriba a cuenta de la puñetera ciática que me había tenido renqueante días atrás.

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Pero vayamos al inicio de nuestra andadura por el techo de la península, todo esto comenzó muy de mañana. Abandonamos el pueblo por un camino encajonado entre muros de piedra. El sonido del agua invadía aquellos parajes y vadeamos varios arroyos de aguas cristalinas.

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El sendero subía bajo la protección de esbeltos chopos, allí moraban plantas que gustaban de suelos frescos y húmedos. Nomeolvides de pétalos celestes y alguna que otra orquídea.

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Las dedaleras nos saludaban al pasar, su esbeltez y su llamativa coloración púrpura las delataban, las alcanzábamos a ver desde lejos, todas ellas miraban al Barranco de Trevelez.

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De vez en cuando oíamos las voces de los lugareños y algún que otro golpe de “amocafre” como lo llama mi padre, y es que estas gentes se afanaban en cultivar las empinadas y difíciles laderas. Mediante recios muros de piedras perfectamente apiladas formaban bancales donde cultivaban cereal, hortalizas y mantenían algún que otro árbol frutal. El agua bajaba de las más altas cumbres por acequias tan antiguas como la propia montaña.

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Y fuimos subiendo tanto, tanto… que fueron desapareciendo muros, bancales, huertas, árboles frutales y hasta lugareños. Pronto nos quedamos solos en la inmensidad de aquellos parajes. El agua que discurría por las acequias se convertiría a partir de entonces en nuestra incondicional compañera.

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Habíamos dejado atrás la cota donde se asentaban las huertas y comenzamos a encontrar especies botánicas muy interesantes, y entre ellas destacaba una que no conocía y que me cautivó por su belleza, supe que se trataba de una Aquilegia pero en aquel instante no atiné a ponerle apellido.

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Allí moraba acompañaba de un cardo que sí conocía, un clavel de recatada corola, una lavatera de delicados pétalos rosas, un agracejo en flor, una compuesta de flor amarilla y un antipático Eryngium que me dijo que no me acercara.

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A veces las acequias eran tan anchas que se precisaba de gruesos tablones dispuestos a modo de puente para poder vadearlas. El agua estaba fría como ella sola y bajaba tan impetuosa encajonada en aquellas acequias que estas asemejaban montañas rusas, de las de auténtico vértigo.

Miramos hacia abajo y comprobamos que eran muchas las acequias que trazaban la ladera. Y desde nuestra altura atinamos a ver cómo el agua se precipitaba por ellas hacia el fondo del valle.

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Llegó un momento en el que ya comenzamos a hacer cálculos sobre velocidad media, distancia a recorrer, presión atmosférica, humedad del aire, longitud de nuestra zancada… y entonces caímos en la cuenta de que a este ritmo tan nuestro y que nos caracterizaba… jamás llegaríamos arriba. En ese momento pactamos detenernos lo estrictamente necesario.

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Apretamos los dientes y con paso firme fuimos subiendo por la ladera. No llevábamos ni media hora de continua subida cuando esa norma que nosotros mismos nos habíamos impuesto quedó derogada. Volvimos a detenernos con todo y con nada. Cualquier motivo era más que suficiente para hincar la rodilla en tierra y fotografiar esta y aquella otra planta, piedra, insecto… lo que fuera.

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La vertiente de enfrente estaba coronada por una montaña tan alta como no habíamos visto otra antes. La sola idea de saber que por esta ladera, en la que estábamos, teníamos que subir muchísimo más arriba… nos hizo silbar, mirar para otro lado y pensar en otras cosas. Uy, mira que planta más interesante.

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No sabíamos la cota en la que estábamos cuando localizamos un pendejo en flor y una robusta armeria. Y entonces tuvimos, una vez más, otro motivo para detenernos.

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Y allí mismo varias más cayeron fulminadas bajo el objetivo de mi cámara.

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Nos adentramos en un bosque de coníferas, tan separadas unas de otras que parecían estar enfadadas. Nos sorprendió localizar el bosque en aquella cota, pero mucho más sorprendidos debían estar los propios árboles de haber llegado tan alto.

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A poco de salir del ralo bosque oteamos nuestro destino en el lejano horizonte, sentados en una piedra nos hicimos la primera foto del grupo del día.

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Habíamos alcanzado los 2.400 m. de altura cuando llegamos a un paraje que las gentes de estas tierras conocían como las Campiñuelas. Un cortijo de recios muros y planta rectangular junto a una era circular de enorme lozas de piedra casi negra y numerosos bancales en la ladera revelaban el uso agrícola y ganadero en este lugar.

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La Acequia de los Posteros recorría todo el perímetro de este paraje aportando el agua necesaria para el cultivo del centeno, mucho más resistente al frío que el propio trigo. Además en estos bancales también se cultivaba la papa de la sierra, una variedad del conocido tubérculo que era muy apreciada por su exquisito sabor.

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Coincidimos con unas gentes que subían a lomos de bestias a lo más alto de la sierra, al mismo lugar a donde nosotros íbamos. Y el locuaz arriero nos confesó algunos secretos de estos parajes y también nos aconsejó por donde debíamos subir a Siete Lagunas. Nos aseguró que si seguíamos a pie juntillas sus instrucciones y subíamos por donde nos indicaba nos enamoraríamos para siempre de estos parajes, parece ser que al llegar arriba nos aguardaban unas vistas impresionantes.

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Junto a una pequeña laguna, nos tendimos en el suelo entre las bestias para fotografiar algunas de las especies botánicas que allí moraban. Empezó a refrescar y yo, que iba en manga corta, lo noté mucho más. Opté por no abrigarme pues aún nos esperaba alguna que otra dura subida.

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Dejamos atrás Las Campiñuelas y continuamos con nuestro deambular por aquellas tierras. Me llamó la atención localizar algunos Prunus, supongo que prostrata, entre las piedras, y a partir de ahí ya no vimos nada de tronco leñoso.

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El sendero se abría paso en la ladera cubierta de matorrales almohadillados de tonos amarillos. Continuamos deteniéndonos en más ocasiones de la cuenta, sabíamos que íbamos mal de tiempo pero no nos importó. Y se me pasó por la cabeza convertirme en cuatrero y seguir subiendo por aquellas vertiginosas laderas a lomos de una de esas bestias que se habían quedado pastando allí abajo.

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De vez en cuando en algunas cañadas el agua se abría paso creando auténticas torrenteras. Me llamó la atención el contraste del verdor de sus orillas cubiertas de fresca hierba con el pedregal por donde discurría. Y en uno de esos idílicos lugares nos hicimos una foto sentados sobre la hierba.

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Llegamos a uno de esos lugares donde la delgada torrentera se convirtió en auténtico arroyo de montaña, ancho, profundo, caudaloso. Y en ese mismo sitio coincidimos una vez más con las gentes que subían a lomos de mulas. Vimos como a duras penas consiguieron vadear el arroyo y caímos en la cuenta de que por ahí para nosotros sería mucho más complicado.

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Seguimos aguas arriba intentado dar con un sitio donde el cauce fuera más estrecho pero no conseguimos dar con él. Se me ocurrió saltar a una piedra en medio del arroyo y de ahí pasé a la otra orilla sin apenas esfuerzo.

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Comencé a subir por la otra vertiente, a medio camino me detuve y me di la vuelta, entonces comprobé que mis compañeros no habían seguido mis pasos y aún permanecían en la otra orilla. Aguardé paciente que vadearan el arroyo y cuando estaban entretenidos en aquel menester les disparé.

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Enfrente teníamos una colosal pared de piedra, inexpugnable, el Tajo del Contadero. Prestando atención a aquel farallón vimos cómo por allí se descolgaba una caída de agua no llegando nunca a formar cauce, el viento se encargaba muy bien de pulverizar su agua. Nuestro primer destino estaba a la derecha de aquella monumental pared pétrea.

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El sendero nos llevó ante aquel lugar del que nos habló el locuaz arriero. Y  en ese preciso instante recordamos sus palabras: “Subid por las Chorreras Negras, pegados a la de la izquierda, cuando lleguéis arriba las vistas son impresionantes. A un lado el Mulhacén, y al otro lado del cordel… el Peñón del Globo, el Puntal de Siete Lagunas y detrás… el Alcazaba. Nosotros subimos por la loma porque por ahí no pueden pasar las bestias.” Y cuando nos contó todo aquello, procuramos no olvidar ninguno de los topónimos.

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Nos propusimos hacerle caso y nos fuimos acercando poco a poco, más y más al lugar por donde se precipitaban al vacío aquellos dos saltos de agua. Y a poco de acometer la subida me detuve en medio del sendero, con los brazos en jarra analicé concienzudamente el panorama.

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En un principio debo reconocer que dudé de subir por allí. Afiné la mirada y me sorprendió ver en aquella abrupta ladera un reguero de diminutas personas ataviadas de llamativas prendas, pero más me sorprendió comprobar que ninguna de ellas se movía. En concreto observé a un anaranjado montañero que permaneció quieto durante un buen rato. Llegamos a la conclusión de que la subida debía de ser bastante dura y la bajada demasiado peligrosa.

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Nos miramos los tres y optamos por subir por las Chorreras Negras y ya después, a la vuelta, bajar por la loma, por donde las bestias. Acometimos la subida, vadeamos una pequeña chorrera y nos pegamos a las piedras.

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Fuimos subiendo con paso firme y nos vimos obligados a detenernos de vez en cuando, para nosotros subir del tirón era impensable. Pero lo cierto es que mantuvimos tal ritmo que nos sorprendió llegar arriba mucho antes de lo esperado.

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Fue pasar al otro lado, donde la Laguna Hondera, y la temperatura cayó en picado, hacía tanto frío que me descolgué apresuradamente la mochila, trasteé dentro buscando el cortavientos y me lo encasqueté más rápido que ojú, subí la cremallera hasta arriba del todo.

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Y comprobamos que el locuaz arriero no se había equivocado. Aquel lugar nos agasajó con esas hermosas vistas que el mismo nos había descrito. Me llamaron la atención las lagunas de aguas cristalinas y las laderas que cerraban a norte aquellos parajes. Algunos neveros aún decoraban las escarpadas laderas.

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Había llegado la hora de dar buena cuenta de nuestro menú de mochila. Pero para almorzar debíamos estar resguardados del gélido viento que barría aquel lugar. Nos parapetamos tras una piedra y allí comimos al sol, en la misma orilla de una de las lagunas, no quedaron ni las migas.

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Tras la ingesta, aunque disponíamos de poco tiempo, optamos por seguir adelante para explorar aquellos parajes. Caminamos por una pedregosa loma hacia un collado que cerraba aquel circo por el norte. A un lado el Mulhacén y al otro el Peñón del Globo.

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Y nuestra decisión de seguir adelante fue más que acertada, allí conseguimos visitar unos parajes espectaculares. Siguiendo aguas arriba un arroyo accedimos a otra de las lagunas.

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Al margen del paisaje que nos rodeaba lo más notorio para mí era el conjunto de especies botánicas que en aquellas alturas moraban. Muchas, mejor dicho… la mayoría eran nuevas para mí. Las gencianas surgían de entre la hierba fresca y tuve la tremenda suerte de localizar varios ejemplares hipocromáticos.

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Violetas, linarias, siemprevivas, arenarias e incluso unas hojas basales aterciopeladas que en un principio no atiné a identificar, después supe que se trataba de la Estrella de las nieves, el símbolo de estas montañas. Disponíamos de poco tiempo y apresuradamente intenté captar con el objetivo de mi cámara todas las que me salían al paso. Ya en casa, detenidamente, tendría tiempo de identificarlas… o no.

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Y antes de emprender el camino de vuelta intenté hacerle una foto a una de las lagunas que hay a los pies del Mulhacén. Intenté que cupiera todo en el encuadre pero no hubo manera, comencé a subir por la ladera alejándome de la laguna para acaparar la escena y cuando creí que casi lo había logrado, disparé.

Mientras tanto, mi buen amigo Selu se afanaba en grabar un video que captara la agreste belleza de aquellos parajes. Y supe de su menester cuando dijo: “estoy grabando”, para que me callara.

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Miramos detenidamente el reloj y supimos que había llegado el momento de emprender el camino de vuelta, aún teníamos por delante muchas horas de marcha.

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Empleamos en salir de Siete Lagunas todo el tiempo que pudimos y más, como si nos apenara abandonar aquel lugar. Nos deleitamos una vez más con los educados arroyos de aguas bravas que nunca osaban salirse de su cauce y con esas orillas ribeteadas de fresca hierba donde brotaban gencianas y otras especies botánicas.

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En vez de seguir adelante para bajar por las Chorreras Negras nos desviamos a la izquierda para hacerlo por la loma, por donde las bestias. Y en la bajada pudimos disfrutar de una perspectiva distinta de aquel sitio tan peculiar. Atrás quedaron las hermosas caídas de agua.

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Ya en la bajada de la loma comenzamos a calentar los músculos que no habíamos usado en la eterna subida de por la mañana. Los pulgares presionaban dolorosamente la punta de las botas, la puñetera bajada no había hecho más que empezar.

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Esa mole de paredes inexpugnables quedó a nuestra derecha y ya no prestamos atención ni a la caída de agua, ni a la hierba fresca que ribeteaba las torrenteras, ni a nosotros mismos. Vadeamos el arroyo de ancho cauce por donde pudimos ya sin miramientos, cual cabra montés, de un salto, y seguimos adelante. Apretamos el paso hasta que llegamos a la pequeña laguna de las Campiñuelas y ahí… nos detuvimos a recobrar el aliento.

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Opté por guardar la cámara en la mochila, y nada más hacerlo caí en la cuenta de que delante de mí tenía una buena foto. Cogí mi teléfono con las dos manos, estiré los brazos y disparé. “Merecido descanso. Más de once horas de travesía”.

 

Y ya solo me queda publicar una tras otra algunas de las fotos de botánica que hice durante esta travesía ordenadas por la cota donde localicé las especies.

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