Necrópolis de Monte Bajo

A pesar de encontrarse media España en alerta roja por altas temperaturas, hemos decidido, precisamente hoy, echarnos al monte. Nuestro objetivo: localizar una necrópolis descubierta en el año 2004 en la orilla occidental del Pantano del Barbate, una necrópolis que recibe el nombre de Paraje de Monte Bajo, una necrópolis cuyas estructuras funerarias datan de hace 5.000 años.

Hemos quedado, muy de mañana para evitar las horas centrales del día, en el centro de interpretación de la naturaleza en Alcalá de los Gazules para desayunar

Iniciamos el sendero con unas temperaturas agradables, de todos modos, en las mochilas portábamos botellas de agua para sofocar la “caló” que suponíamos nos acompañaría en nuestro deambular. El sendero, con suaves desniveles, discurre entre fincas ganaderas donde predomina en el estrato arbóreo el acebuche (Olea europaea var. Silvestrys ) y el alcornoque (quercus suber), “aderezado” con abundantes lentiscos (Pistacia lentiscus) y palmitos (Chamaerops humilis). En el cauce seco de un efímero arroyo observamos unas plantas de Estramonio ( Datura sp.)

Al aproximarnos a una zona arenosa, que hasta hacía poco tiempo había estado cubierta por las aguas, observamos la presencia de unos bivalvos, concretamente náyades.

Brujuleando por “interné” he llegado a la conclusión, posiblemente errónea, de que una de las especies localizadas sea Unio gibbus, endemismo ibérico muy escaso cuya área de distribución geográfica se reduce a la cuenca del Barbate. Por otro lado pienso que, a lo mejor, puede tratarse de ejemplares del género Anodonta. Sigo investigando y parece ser que las náyades también reciben el nombre de unionoides, ojú que lío.

Vamos a seguir “p´adelante” por el sendero porque me estoy atrancando.

Esta franja arenosa, que de estar en el mar sería la zona intermareal, aparece salpicada de tocones de enormes acebuches cuyas raíces abrazan y perforan la gruesa arena.

En la arena húmeda más cercana al agua vimos huellas de afiladas uñas, consideramos que eran de nutria, más adelante restos de cangrejo de río.

Una fina arena se alterna con formaciones de arenisca, en algunos taludes los estratos rocosos se tornan de un variado y atractivo colorido.

Continuamos orillando aquel pantano intentando localizar una necrópolis de la que no sabíamos con certeza su ubicación. Lo cierto es que sabiamos poco acerca de ella. Datos que poseíamos: 1.- Conocíamos al descubridor del yacimiento, de hecho en una salida anterior a Sierra Momia coinc¡dimos con él, sus palabras nos contagiaron su fascinación por estos lugares. 2.- El conjunto estaba formado por un dolmen y cuatro estructuras funerarias horadadas en la arenisca, y 3.- también sabíamos de su antigüedad, databa de unos 5.000 años, concretamente de la Edad del Cobre, aparte de esto, poco más.

El fuerte viento de levante provocaba que el agua estuviera turbia y brava, muy brava. Llegamos a un cabo que se adentraba en el pantano, un lugar totalmente desolado.

Allí, concretamente, tenía lugar, en ese mismo momento, una kedada de garrapatas. Esto fue lo que nos obligó a dar la vuelta sin dilación.

Iniciamos el camino de regreso con esa sensación de volver sin el deber cumplido.

Llegamos a un lugar donde unas enormes lascas de arenisca se sumergían en las aguas del pantano. Empezamos a bromear con una formación rocosa parcialmente enterrada, que si parecía un dolmen, que si parecía una tabla de surf, que si… Mucho más tarde, cuando ya habíamos terminado el sendero, al ver las fotos de la exposición del Centro de Visitantes caímos en la cuenta de que se trataba del conjunto funerario. Nos pareció mentira que localizáramos aquel enigmático lugar sin saber que nos hallábamos en la necrópolis objeto de nuestra expedición. El yacimiento estaba totalmente colmatado de arena en un estado deplorable y totalmente irreconocible. El Levante azotaba aquel lugar contribuyendo a la colmatación de la necrópolis

De hecho, en este lugar, se ha construido un mirador con paneles informativos cuyos muros están totalmente derruidos, lo único que queda en pie de la construcción es una rosa de los vientos de loza negra incrustada en la solería.

Las fuerzas de la naturaleza han destruido el mirador y han dejado la necrópolis como estaba antes de su descubrimiento: oculta bajo una gruesa capa de sedimentos. Parece como si algo se empeñara en que aquel lugar permaneciera oculto y libre de profanaciones, como si algo se empeñara en que reinase la paz y tranquilidad por siempre jamás. Esta última expresión de “por siempre jamás” no sé de donde la he sacado, pero me suena “muncho”, estaría latente en lo más oculto de mi cabezota esperando este momento. Lo cierto es que suena bien, hummmm… no lo cambio, lo voy a dejar así.

Hacía un calor de justicia. Sobre nuestras cabezas, desafiando las altas temperaturas tal y como nosotros, nos sobrevolaban varios milanos negros (Milvus migrans ) y un milano real (Milvus milvus) . También necrófagas como el buitre leonado (Gyps fulvus) y un solitario alimoche (Neophron percnopterus).

Nos topamos con una “playita de interior”, lugar agradable de arena gruesa que se sumergía suavemente en el pantano, vaya tela, lo he escrito de tal forma que parece una definición. Algunos de los componentes del grupo se desposeyeron de todo, excepto del bañador y se sumergieron en las turbias y refrescantes aguas.

Otros miembros de la expedición nos sentamos sobre unas piedras y dimos buena cuenta de unas uvas y melocotones fresquitos que nos supieron a poco.

Tras el baño, la degustación de parte de nuestras provisiones y hacernos la foto de rigor, retomamos el sendero.

Habíamos dejado atrás la lámina de agua del pantano cuando nos metimos de lleno en una suave depresión del terreno. Aquí es donde verdaderamente subió la temperatura y comenzamos a sudar.

El andar se hizo lento y torpe, bien es verdad que provistos de nuestros sombreros de paja la situación fue algo más liviana. Pasito a  pasito accedimos a un lugar alto y despejado del sendero, allí a lo lejos, ante nosotros Alcalá de los Gazules.

Cuando llegamos a los coches todos los componentes del grupo: Pablo, Juan, Juanca, José Manuel, Paco, Oneto y el que escribe comenzamos con nuestro ritual de localización y eliminación de garrapatas en zapatos, calcetines, camisetas, pantalones…

Al final de aquel paseo, que nos supo a poco, sensaciones comunes nos embargaban a todos: por un lado la sensación del deber cumplido, habíamos localizado la necrópolis y por otro la de haber pasado un buen rato con los amigos en agradable compañía.

Me despido como siempre : “NOS VEMOS EN LAS MONTAÑAS”

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